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OPINIÓN

El parque de la discordia

Por Gustavo J. Vittori


Viernes 1.8.2014
 23:36
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Por Gustavo J. Vittori
gvittori@ellitoral.com

Sin duda, las tardías discusiones suscitadas por el proyecto de construcción de cocheras semisoterradas en el parque Alberdi y el rediseño de la plaza -que cumplirá la doble función de cubierta de la nueva estructura y superficie utilizable por el público- han tenido el mérito de mejorar aspectos de la iniciativa y establecer políticas de futuro con mayores niveles de consenso.

Desbrozada la maleza de opiniones e intenciones de diverso cuño, pero concurrentes en su efecto de detener la obra, el espacio se ve con mayor claridad. Y queda a la vista un terreno olvidado desde hace mucho tiempo, sombrío, húmedo y desgreñado, que sólo atrajo la atención cuando se lo percibió como un foco de explotable conflicto, un lugar apropiado para el ejercicio militante en este tiempo de violencia a flor de piel y vindicaciones a la violeta.

No obstante, es bueno que haya habido reacciones ciudadanas, porque más allá de sus motivaciones y trasfondos, algunas han tenido la virtud de aportar preocupaciones e ideas que redundarán en un mejor proyecto urbano.

Entre medio hubo de todo, como la abusiva invocación de la ley Nº 10.000 -de protección de los intereses difusos- ante la Justicia, norma tomada de sociedades maduras y responsables, y por tanto cuidadosas a la hora de poner en marcha los mecanismos de los tribunales, que tienen costos e implicancias.

Hecha la consideración, me interesa abordar apreciaciones de uno de los objetores de la reforma de la plaza pobre y abandonada. Me refiero al Arq. Carlos María Reinante, un profesional de reconocida pasión santafesina y larga trayectoria en defensa del patrimonio urbano. Estudioso de la historia de la arquitectura, Reinante bregó durante décadas por la preservación de edificios y espacios valiosos. Lo hizo desde la cátedra universitaria, la función pública y, en especial, a través de la Comisión Municipal de Defensa del Patrimonio Cultural Urbano, cuerpo honorario que presidió durante años y al que tuve el honor de integrar desde el momento de su creación; organismo desde el que actuamos juntos en distintas ocasiones para proteger bienes de valor cultural.

Ahora, no coincidimos en los análisis urbanístico ni económico del proyecto en cuestión.

En el plano urbanístico, Reinante acude, para cuestionar la propuesta, al ciclo modernizador de la ciudad impulsado durante la gobernación de Manuel María de Iriondo y la intendencia de Francisco Bobbio (1937-1941), matriz conceptual a la que pertenece la plaza.

En verdad fue un período de significativas transformaciones, reconocido y valorado por los estudiosos de la historia urbana de Santa Fe. El problema surge cuando para defender la “intangibilidad” de la actual plaza Alberdi -versión reducida y degradada del evocado parque Alberdi de los 40- se pretende convertir a aquella modernista expresión de sintaxis urbana en canon ultraactivo con efecto sobre cualquier intervención contemporánea. Esa pretensión lleva al estereotipo y cae en el exceso. Al extremo de que si proyectáramos este concepto hacia el futuro, congelaríamos la dinámica histórica y afectaríamos el derecho al cambio de las sucesivas generaciones o las necesidades de transformación que experimenta una sociedad expuesta al vértigo de cambios poblacionales, tecnológicos, culturales y conductuales. No se puede embalsamar la ciudad por amor al pasado, aunque sea deseable, importante y necesario mantener trazas pretéritas que permitan hilar los tiempos en una textura de referencial identidad y pertenencia. El pasado nos alumbra, pero no debe ahogarnos, porque el futuro nos espera.

Modernismo y después

Sin duda, el envión modernista de los 30 y los 40 modificó el paisaje sobreviviente de la ciudad colonial. A tono con la época, la geometría disciplinó los bordes fluviales y creó parques extensos y de buen diseño que con patriarcal autoridad conducían por senderos bien trazados -con resalto de glorietas- los pasos de los caminantes. Era un salto adelante en materia urbanística, un salto que sugería la distancia que mediaba entre una escueta plaza cuadrada de la primera mitad del siglo XIX -o un tímido e irregular paseo ribereño- y un moderno espacio verde de varias hectáreas, con recorridos alternativos, desniveles, fuentes, lagos, aves acuáticas, esculturas y juegos, entre otros recursos convocantes.

También es cierto que esta tendencia había comenzado décadas antes, si bien con una impronta neoclásica o academista. Baste recordar la apertura del bulevar Gálvez a fines del siglo XIX, forestado por el intendente Edmundo Rosas (1908-10), sucesor de Manuel Irigoyen (1904-07), quien había impulsado el remate sobre la laguna a través del Parque Oroño. O el paseo de la Alameda, a la vera de la laguna Setúbal y antecedente de la Avenida Siete Jefes, pavimentada cuando expiraban los 20, sin olvidar el gran parque de sesenta hectáreas que el intendente Pedro Gómez Cello (1920-24) proyectara en el oeste, donde el bulevar Pellegrini -extensión del Gálvez- se encontraba con los esteros del río Salado, origen del Parque Garay.

En suma, ejemplos relevantes de mentalidades modernas que precedieron y le abrieron camino a las realizaciones de Iriondo-Bobbio, y reveladores, a su vez, de la inconveniencia de centrar el foco en un solo momento y, peor aun, de intentar cristalizarlo.

En consecuencia, no alcanza con mencionar antecedentes históricos y refrescar la visión ponderativa de Pradial Gutiérrez sobre el parque Alberdi en 1994, porque desde entonces han cambiado demasiadas cosas, empezando por ese espacio verde que hoy genera polémica. Máxime cuando se han pasado por alto en esa zona acciones tales como el bodrio posmodernista de la plazoleta Suiza también denominada “Paseo de los Novios”.

Ahora, si bien se mira, con la reforma actualizada, ese andén de meloso nombre se elimina, se rectifica la calle Tucumán y se expanden las superficies de las plazas Alberdi y Colón que, a la vez, se acercan, reconstituyendo la concepción originaria de un área verde corrida. En cuanto al discutido diseño de la plaza-cochera, en la superficie resaltan las diagonales de fuerte geometría, solo que ahora, servirán para circular con rapidez entre el centro comercial de mayor tradición y el paseo mercantil que se erige junto al dique 1 del puerto local. Mientras, por la avenida 27 de Febrero, los tránsitos urbano y pasante se confunden en un flujo continuo; y, al oeste de la plaza, la avenida Rivadavia se satura con la intensa circulación vehicular urbana.

La expansión poblacional y automotriz desborda el molde antiguo de la ciudad y, a riesgo de un colapso, exige respuestas. Atrás quedaron las horas del sereno paseo al aire libre en una urbe sin vehículos ni urgencias. El presente, mal que nos pese, nos impone su frenesí. El tiempo no alcanza y los déficits urbanos empeoran su aprovechamiento. La compleja realidad de las sociedades contemporáneas, de sus mutantes usos y costumbres, reclama nuevas respuestas.

Público y privado

En este marco, se inscribe el proyecto de reforma de plaza Alberdi, que aparece como factor de mitigación de un grave problema de saturación urbana. No es la panacea, pero es una respuesta concreta e inteligente en una zona de convergencia de gentes y usos, con la agravante de la indisponibilidad de tierras. Por tanto, la duplicación de una superficie de uso público mediante la utilización del subsuelo es, en Santa Fe, una idea innovadora aunque con restricciones de profundidad por el tipo de terreno. De allí la necesidad de trabajar con medios niveles. Y la alternativa de hacerlo mediante inversión privada en una ciudad cuyos fondos públicos son escasos y afronta un extraordinario cúmulo de desafíos en orden a los pasivos sociales, de infraestructura y de transporte público.

La articulación entre lo público y lo privado en función del desarrollo es una nota común de las sociedades evolucionadas. En rigor, Santa Fe requiere multiplicar la concurrencia de fondos de ambos orígenes para motorizar soluciones que están en mora y afectan cada día la vida de los santafesinos. A este respecto, Reinante va más allá del urbanismo y hace una crítica al mecanismo de financiamiento, apuntando contra su componente privado. Más aún, habla de enajenación de un espacio público para beneficio privado, porque -sostiene- no se puede hablar de bien público cuando existe un usufructo privado por treinta años. Es el tipo de razonamiento amañado que ciega fuentes de financiamiento y esteriliza oportunidades de solventar obras necesarias.

En vez de celebrar emprendimientos que canalicen hacia la ciudad fondos de inversión, se los pretende descalificar por su naturaleza privada y su connatural búsqueda de un legítimo beneficio. ¿Cuál es el problema? ¿Es cuestionable que en vez de migrar hacia otras latitudes contribuyan a resolver en parte los padecimientos de una ciudad congestionada?

El carácter privado de los fondos a invertir no altera la naturaleza ni la función pública de la plaza y el estacionamiento. Es más, duplica el espacio de uso público, amplía la oferta ciudadana. Se puede caminar o tomar sol, arriba, y estacionar, abajo. Las cocheras subterráneas estarán a disposición del público que requiera su uso, sin que importe al efecto el capital que las construyó, que además será el que pague los sueldos que la prestación requiera y se haga cargo de los costos de mantenimiento.

Por cierto que ese servicio deberá remunerarse, como en cualquier playa de estacionamiento, y ésa será la forma de repago de la inversión y, andando el tiempo, la renta del capital. Nadie aplica a un proyecto 50 millones de pesos (que hoy ya son más) sin la expectativa de obtener una ganancia. Sólo que en este caso, en vez de una clásica apuesta por acciones o bonos, habrá un desembolso para resolver en el plano físico problemas urbanos de incontrastable dimensión pública.

No se puede embalsamar la ciudad por amor al pasado, aunque sea deseable, importante y necesario mantener trazas pretéritas que permitan hilar los tiempos en una textura de referencial identidad y pertenencia.

El carácter privado de los fondos a invertir no altera la naturaleza ni la función pública de la plaza y el estacionamiento. Es más, duplica el espacio de uso público, amplía la oferta ciudadana.

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