En la sala de espera solamente había un anciano y dos mujeres maduras conversando animadamente. Los minutos trascurrían con aburrida monotonía y yo lamentaba no haber llevado un libro. Luego de un rato, que me pareció interminable, por el pasillo vi venir al esbelto y elegante dermatólogo, de rimbombante apellido francés. Se aproximaba con paso tranquilo, como si la demora hubiera sido un acto de cortesía, y pude apreciar que su semblante tenía algo de niño, una ingenuidad enmascarada o algo de picardía en los ojos. Quizás es atractivo, pensé. Me saludó por mi nombre –en un pueblo todos se conocen- y me hizo pasar al laboratorio. Me dio un beso, amable, como si fuéramos amigos y cerró la puerta con llave. Me explicó que iba a sacar unas muestras de células epiteliales para ver que tipo de erupción me estaba aquejando y con cuidado, raspó un poco mi muñeca y puso el material traslucido en un cristal. Después levantó un poco mi blusa blanca y examinó los contornos rojizos con detenimiento. Suavemente me desprendió el botón del pantalón y dobló el borde de tela. Un incómodo pudor arrebató mis sentidos ante este gesto inusitado e íntimo.




































