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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Ricardo Balbín, nuestro contemporáneo

Ricardo Balbín, nuestro contemporáneoRicardo Balbín, nuestro contemporáneo

Miércoles 23.8.2017
 22:17

Por: Rogelio Alaniz

Fue cuatro veces candidato a presidente de la Nación y lo fue sabiendo de antemano que no tenía ninguna chance de ganar, pero aceptó serlo porque le asistía la certeza de que su candidatura era importante para el país y para su partido. Fue diputado provincial y nacional en dos ocasiones, y en todos los casos no pudo asumir por el fraude o fue expulsado de la Cámara porque sus discursos molestaban al déspota de turno y a la corte de alcahuetes que lo asistían.

Su trayectoria política, prolongada y honorable, es lo opuesto a la imagen de éxito o triunfalismo. Su estilo político y la cadencia de su lenguaje fueron motivo de burlas por parte de quienes suponían y suponen que los términos éxito y verdad son sinónimos, los exponentes de lo que él calificara como los representantes de “esta Argentina de dolores anchos y jactancias estúpidas”.

Sin embargo, a más de treinta y cinco años de su muerte, Ricardo Balbín es evaluado por la historia como un político honrado, un dirigente responsable y, por sobre todas las cosas, un demócrata insobornable. Su trayectoria política, su condición de político serio, creíble honró a una profesión devaluada por la corrupción, la demagogia y la frivolidad.

Balbín ganó la batalla contra el tiempo. Se lo reconocen los radicales, incluso los que lo criticaron, aunque con el paso del tiempo añoran ese liderazgo moderado que condujo durante casi tres décadas a una UCR que, como él mismo dijera, “jamás perderá su rumbo en defensa de las instituciones y las libertades del hombre”. También se lo reconoce una ciudadanía que más de una vez se ilusionó y se extravió ante los diferentes cantos de sirena de los regímenes autoritarios y populistas.

A lo largo de una militancia política áspera, exigente, ingrata, militancia que se extendió durante casi sesenta años, Balbín conoció también sus momentos de gloria. En 1949 su oposición a la dictadura peronista le valió ser expulsado del Congreso por orden de Perón acatada por ese monumento a la obsecuencia que fue el señor Héctor Cámpora. Lo expulsaron y lo metieron preso. Asumió su defensa con palabras que aún hoy se recuerdan: “No me sentaré frente la puerta de mi casa para ver pasar el cadáver de nadie -dijo en medio de la silbatina de sus verdugos- pero tengan la seguridad de que estaré sentado en la vereda de mi casa viendo pasar los funerales de la dictadura... si éste es el precio por el honor de haber presidido este bloque magnífico, han cobrado barato; fusilándome todavía no estaríamos a mano”.

Su otro escenario histórico fue en julio de 1974, su discurso en nombre de la UCR y los partidos políticos en el velorio de Perón. Fue su hora más gloriosa. Youtube permite recuperar esa imágenes. El salón solemne, fastuoso, en el centro, el sarcófago; los granaderos, las autoridades políticas, Isabel Perón en su condición de viuda y sucesora. Y Balbín. El traje oscuro y cruzado, las manos a los costados, el tono de voz grave con sus cadencias y tonos radicales.

El hombre que habla es el presidente del partido opositor, la UCR. Pero es también el político que padeció persecuciones, sanciones y cárceles en otros tiempos. Balbín no oculta nada. Con tono mesurado y ante esos silencios presentes sólo en las grandes ocasiones, recuerda que viene a este lugar en nombre de sus viejas luchas “que por haber sido sinceras y leales” le otorgan al momento una elocuente vigencia. El hombre que habla tiene autoridad para decir lo que dice; solo él está en condiciones de establecer esa síntesis histórica a favor de la unidad nacional, para concluir con aquella frase que en su momento conmovió a todos: “Este viejo adversario, despide a un amigo”.

Ocho minutos duró el discurso de una sintaxis perfecta y en el que no hay una sola palabra de más o de menos. Ocho minutos que sintetizan casi treinta años de una historia política atormentada y borrascosa. Algunos datos curiosos. El carácter ascético y laico de esta suerte de oración. No hay una sola mención religiosa. Ni a Dios ni a ninguna otra divinidad. Tampoco lo nombra a Perón, aunque él es el destinatario de todas las palabras.

Durante casi veinte años fue el presidente de la UCR. Imposible escribir la historia de este partido sin su presencia gravitante. Definió un estilo, una retórica, pero sobre todo una ética radical. Ni sus adversarios más enconados pudieron desconocerle su austeridad, su decencia personal. Su vida, su hogar, su indumentaria, fueron un testimonio concluyente.

No voy a inventar un Balbín que no fue. Se equivocó como cualquiera, pero no lo hizo por plata o por intereses bastardos. En los últimos años le costaba entender los nuevos tiempos, su mirada acerca de lo que sucedía en el mundo era estrecha y convencional, pero en el balance los aciertos superan a los errores.

Exageraría si dijera que luchó contra la dictadura militar, pero a sus certezas republicanas nunca dejó de defenderlas. “La cuestión no es que mate la represión o la guerrilla; la cuestión es que no mueran más los argentinos”. No era un revolucionario, ni siquiera un reformista, era un republicano moderado enemigo de las rupturas y los saltos al vacío. Con todo, nunca olvidó sus deberes humanistas. “Yo sé que cuando los padres entierran a sus hijos es señala de que el país anda mal”. La Multipartidaria fue su último legado político.

Tuve la oportunidad de conocerlo en un acto radical celebrado en 1970 en la Quinta Asturiana. Allí estaban las principales espadas del partido: Aldo Tessio, Luis León, Carlos Perette, Carlos Spina, Pascual Silva... Y habló Balbín al cierre. El tono grave y reflexivo de su voz. Mencionó los esfuerzos que estaba haciendo para establecer entendimientos entre los partidos políticos. Recordó la Asamblea de la Civilidad y de alguna manera anticipó a la Hora del Pueblo. El eco de su voz parecía vibrar en el aire. El silencio era absoluto, un silencio que parecía inspirado por el tono de su voz cálido, emotivo.

Es verdad. No fue un politólogo refinado, pero tampoco un ignorante o un improvisado guitarrero como pretendieron presentarlo sus adversarios. Su saber provenía de ese otro conocimiento que nace de la experiencia, de la observación. Balbín no conoció el mundo, pero conocía cada pueblo, cada ciudad, cada uno de los rincones de la patria. Expresó mejor que nadie ese modo radical de recorrer los caminos del país predicando su palabra. En un comité, en una plaza, en una esquina, en el andén de una estación, en el patio de una casa, se levantaba la tribuna y allí estaba él, sobrio, severo, casto, y a su manera, sabio. “A mi país no lo he leído, lo he visto; a la gente de mi país no la he visto, la he tratado”.

A la Argentina Balbín la tenía en sus ojos, en su piel, en sus oídos. El hombre que pretendía ser presidente conocía como nadie el país que pretendía gobernar. Tenía una fina sensibilidad para saber lo que pasaba con la gente. No era un demagogo ni un halagador de multitudes. Se honraba de su origen humilde, de sus padres inmigrantes que con sacrificios hicieron estudiar a sus hijos. Les dijo un día a los legisladores peronistas. “No sé quiénes de los que aquí están me gana en mi origen proletario, pero la única diferencia que tengo con ustedes es que mi padre jamás mandó a escribir en las calles: ‘Haga patria mate a un estudiante’”.

Fue radical toda la vida. Radical, hincha de Gimnasia y Esgrima de la Plata y defensor de la reforma universitaria. Conoció la soledad, la derrota y supo de contradicciones y paradojas. Decía que su vida era una enorme contradicción: soy tímido y me dedico a la política; disfruto con la soledad y nunca estoy solo; prefiero escuchar y me la paso hablando; no me gusta la publicidad y estoy rodeado de periodistas.

Ricardo Balbín es nuestro contemporáneo. Si el dilema de los argentinos es resolver cómo hallar los caminos reales para construir un consenso real alrededor de un puñado de certezas republicanas, y democráticas, Balbín es una referencia insoslayable. Su discípulo y rival interno, Raúl Alfonsín, lo despidió con palabras certeras aquella tarde de septiembre de 1981: “Fue necesario este dolor para que la vorágine de esta Argentina descalabrada se detenga, aunque sea un instante”.

Durante casi veinte años fue el presidente de la UCR. Imposible escribir la historia de este partido sin su presencia gravitante. Definió un estilo, una retórica, pero sobre todo una ética radical. Ni sus adversarios más enconados pudieron desconocerle su austeridad, su decencia personal. Su vida, su hogar, su indumentaria, fueron un testimonio concluyente.

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