Todos saben que no es necesario adentrarse en los laberintos de la psicología humana para concluir que no hay existencia sin malestar. Lo cual, por supuesto, no implica que la vida misma se reduzca a una condición sufriente, pero al menos es una premisa que horada la promesa de felicidad como estado perpetuo del ser. En la experiencia de lo cotidiano el malestar irrumpe bajo diferentes formas, sea en los límites que el cuerpo nos impone, sea en las vicisitudes del lazo con los otros y también en las inclemencias de un mundo exterior que nos excede, o lo que es lo mismo, la contingencia como aquello imposible de predecir y por tanto de controlar.


































