No obstante, advierte que esto no supone abrazar la posición radicalmente contraria, representada por el laicismo. Que, aclara (citando el documento Iglesia y Comunidad Nacional, de la Conferencia Episcopal en 1981), no es "una forma de encauzar un legítimo pluralismo religioso, sino la voluntad legalmente disimulada de impedir la inspiración cristiana de la cultura nacional". Y marca que esto, por ejemplo, podría desembocar en "la prohibición de la enseñanza religiosa en cualquier escuela, incluso las católicas, las evangélicas o las judías; no se podría visitar a los enfermos en los hospitales o a los presos en las cárceles, negándoles el derecho a recibir atención espiritual; o se deberían quitar de los espacios públicos todas las ermitas en las cuales los vecinos suelen descansar el corazón del agobio de la vida".