La profesión de ingeniero lo dotó de ejecutividad en sus acciones. A Miguel Lifschitz siempre se lo notó más feliz ejecutando que legislando. Sabía y admitía la necesidad de la negociación, de la rosca política, del debate, pero siempre prefirió la acción, la ejecución. Los ocho años de intendente y los cuatro de gobernador dejaron en claro su decisión de transformar desde la política. Los cuatro años como senador por el departamento Rosario los tomó como un paso más para instalar su candidatura a nivel de la alianza progresista y para un mayor conocimiento ciudadano que para legislar. Estos primeros dieciséis meses como presidente de la Cámara de Diputados también estaban pensados para su objetivo principal que era volver a la Casa Gris en el 2023. El coqueteo con la posibilidad de ser candidato a senador nacional fue más una estrategia para mantener unido en algún objetivo al Frente Progresista que una posibilidad cierta de irse al Congreso de la Nación en caso de salir airoso de esa elección. Alguna vez le preguntó al cronista cómo aguantaba tantas horas de debates parlamentarios. Le incomodaba y se notaba. En cambio disfrutaba caminar el territorio.



































