En marzo estuvo en Santa Fe Celia Iriart, socióloga, docente, investigadora y doctora en Salud colectiva. Fue para participar de una actividad organizada por la Defensoría de Niños y Niñas y Adolescentes. Antes, dialogó con El Litoral.
La especialista en temas sanitarios disertó en la Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes y dialogó con El Litoral sobre un tema actual que atraviesa todas las etapas de la vida y para el que recomienda agruparse y recuperar el vínculo médico-paciente.

En marzo estuvo en Santa Fe Celia Iriart, socióloga, docente, investigadora y doctora en Salud colectiva. Fue para participar de una actividad organizada por la Defensoría de Niños y Niñas y Adolescentes. Antes, dialogó con El Litoral.
El punto de partida fue el propio eje de aquella charla: "Infancias, salud, derechos y los debates en torno a la medicalización". Y el resultado trasciende en mucho aquella premisa.
- ¿Por qué vincular estos conceptos en una conferencia organizada por la Defensoría de NNyA?
- En el año 2012 escribí un artículo sobre biomedicalización y trastorno de déficit de atención. Soy sanitarista pero al tema de TDA lo tomo como un catalizador de las transformaciones que se han dado en el sistema de salud a partir de los años '90. Es cuando ingresa el capital financiero en el sistema de salud. Y así como en la Argentina empieza la libre elección de las obras sociales, se inicia la individualización de las problemáticas y la concepción de que éstas son "tu" responsabilidad.
En ese contexto, el capital financiero opera de manera opuesta a lo que era el complejo médico industrial; así denomino a proveedores de servicios como las farmacéuticas, productoras de equipamiento y tecnología que aspiran a que crezca la demanda porque cuando más se consume más ganan.
Las grandes corporaciones empiezan a ver que no iban a ganar el mercado como lo hacían antes y deciden llegar al usuario; no solamente a los enfermos sino a los sanos. En diabetes, hipertensión, colesterol y salud mental se disparan las prevalencias de manera que las definiciones también se transforman y empiezan a abarcar a más personas como potenciales pacientes de autismo, déficit de atención y otras expresiones que van etiquetando a niños y adultos, donde ya el riesgo se percibe como una enfermedad.
Son muchas patologías para las que hay tratamientos.
- Lo que no significa que los medicamentos no sean necesarios o no tengan que ser indicados.
- Hay medicamentos sumamente necesarios y muy buenos; el tema es que los costos no se condicen con la realidad de la producción ni con la investigación y el desarrollo. La mayoría se desarrollan en entidades con financiamiento público y luego pasan a ser producidos y comercializados por los grandes laboratorios que tienen capacidad para su elaboración masiva; y pasan a costar cifras siderales.
Además, por un lado está el lucro que se hace con algunos medicamentos, y por el otro la generación de aquellos que son iatrogénicos, es decir, que producen efectos secundarios para los que hay que tomar otros medicamentos.
El concepto de medicalización ya existe desde los años '50 y en los '70 se define más claramente en la apropiación de temáticas como el embarazo y el parto. Y todas las especializaciones que se van creando en torno a la gerontología. El envejecimiento ya no es un proceso natural, sino que tiene que ser mirado, atendido y controlado por especialistas.
Entonces, procesos vitales normales son apropiados por el cuerpo médico que dice ser la autoridad y dispone qué hay que hacer. Eso es la medicalización.
- ¿Cómo opera este fenómeno?
- La biomedicalización, que no es una sofisticación ni un esnobismo, significa que el proceso ahora se lo han transferido a los usuarios, a la población. Y en las publicidades se describen signos y síntomas que uno enseguida reconoce como propios.
Empecé a observar esta situación en Estados Unidos, en el año '97, y me llamaba la atención que no se podía comprar libremente ninguna medicación que es bajo prescripción.
Pero en la televisión había publicidades de medicamentos bajo prescripción para depresión, antisicóticos y otros cuadros muy serios, donde describían síntomas y sugerían consultar a un médico. ¿Qué hacen con este método? Te educan.
Entonces, la persona se sentaba con el médico y le contaba los signos y síntomas de una supuesta patología y éste, al que le fueron restringiendo los tiempos, prescribía el medicamento. Porque explicar que hay que buscar la respuesta por otro lado requiere tiempo y porque la población, si no recibe la respuesta que espera, decide recurrir a otro médico en caso de no obtener la medicación.
- ¿Este esquema se repite en el caso de los niños?
- En el tema de las infancias se empiezan a difundir formas de ver si el niño tiene una problemática tal a partir de pequeños cuestionarios que manejan la familia o el sistema educativo y desde ahí se empieza a demandar: "algo tenemos que hacer" con el niño inquieto o que "molesta". Y empiezan a diagnosticarlo y etiquetarlo profesionales sin formación específica en esta materia.
- ¿Qué responden los médicos cuando le planteás esta "compartimentación" de la atención en la salud?
- En otros artículos trabajo el tema del modelo tecno-asistencial: se ha difundido y es hegemónico un modelo anglosajón liderado por los Estados Unidos de una ciencia, la única "valedera", que establece protocolos, una medicina de la evidencia y personalizada. Es una tendencia que emerge a partir de los 2000.
Entonces, es muy difícil para los propios médicos salirse de esto y mirar desde una perspectiva más amplia. Además, ¿quién está moviendo los hilos de salud?
Siempre les decía a mis alumnos que antes de empezar a leer un artículo científico miren, al final, quién pagó o está pagando esa investigación. Porque, si no, estamos muy incrédulos ante un mundo que avanza básicamente sobre intereses comerciales.
- ¿Cómo impacta este fenómeno en las infancias?
- Con respecto a los niños, se los etiqueta porque como ahora hay legislación individualizada para ciertas problemáticas, se aseguran posibilidades de atención que son válidas y que se necesitan, pero el niño termina siendo esa patología.
Por un lado se ha construido una normalidad de niño que tiene que ser productivo y cumplir con estándares de exámenes para avanzar: es un niño homogéneo. Entonces, aquel que es un poco diferente es "problemático".
¿Qué hizo la sociedad en base a este modelo anglosajón? Dijo, "vamos a ver en qué patología entran". Y el DSM, que es el manual con que se diagnostica salud mental, pasó de ser así finito a abarcar cada vez más posibilidades. Ahora vamos por el DMS-5.
- Entre tanto hay niños, niñas y adolescentes con problemas reales de salud mental.
- Hay, pero el problema no es biológico. Lo plantean como un problema de desequilibrio que se soluciona con una pastilla que, a su vez, puede tener un montón de riesgos de salud y apaga todo interés de ese niño por otras cosas. Tal vez si se lo atiende de una manera diferente y se observa qué es lo que en realidad necesita, se lo puede encauzar por otro lado.
- Vos hablás de un modelo anglosajón de salud que permeó en la atención sanitaria. ¿Hay otro modelo con el que se esté trabajando?
- Hay muchos, en las comunidades indígenas y latinoamericanas trabajan de manera diferente. Creo que el problema lo tenemos como sociedad y no se quiere ver. Entonces, es más tranquilizador decir que la escuela tiene un problema, cuando la cuestión es qué estamos haciendo con una educación que es la misma que yo recibí; y tengo 70 años.
Pero resulta que los niños tienen una cantidad de estímulos enormes y les pedimos que se queden quietos, callados y que atiendan cosas que no les interesan.
Las familias están angustiadas, preocupadas por la incertidumbre de qué va a ser su niño cuando crezca, de qué va a vivir. En Nueva York las elites mandan a sus niños muy pequeños a formarse en Matemática para que, cuando tengan la edad suficiente, lleguen a universidades también de elite.
Entre la angustia por sobrevivir cotidianamente, el estrés que todo eso significa y el tiempo y atención que requieren los chicos, preferimos que se queden quietos frente a una pantalla antes que generar cosas todos juntos.
Lo que trato de demostrar es que esto no es un proceso biológico o molecular, pero ahora somos cada vez más cuerpo-máquina sobre el que se hacen test que definen qué podríamos llegar a tener en el futuro.
- ¿Qué hacemos como usuarios, como sociedad, padres, abuelos, hijos de personas mayores?
- Creo que hay que empezar a agruparse porque solos no podemos hacer nada. Así como tratan de individualizar y decir, "es tu problema", "es tu hijo el que tiene problemas", todo el mundo se alivia haciendo que esto sea un tema médico-biológico y que una pastilla mágica lo va a resolver.
Desarticular todo esto implica mucho tiempo, pero hay que crear movimientos. Desde las asociaciones profesionales serias habría que desmitificar esta postura y también desde el periodismo.
Cuando uno está mal de salud, el otro debería establecer un vínculo y potenciar tu capacidad vital, no achicarla. Ahora los médicos, abrumados por la falta de tiempo y de pago, miran los estudios e indican el medicamento, pero no saben quién es o qué hace el paciente. La cantidad de medicamentos que toma la gente a lo largo del tiempo es gigantesca.
No significa renegar de la medicina, pero si volver a prácticas en las que se establece un vínculo con la otra persona y se prescribe el medicamento cuando es necesario.




