“Podemos dividir a los pacientes en dos grandes grupos: por un lado, aquellos que cursaron una enfermedad leve, que no requirió internación. En ellos un interrogatorio de los síntomas, un examen físico completo, un electrocardiograma, un ecocardiograma doppler y una prueba de esfuerzo gradual, son suficientes para evaluar las posibles complicaciones cardiológicas. Si no existieran, se podría autorizar el reinicio de la actividad física. Por otro lado, están quienes cursaron la enfermedad moderada o grave, que requirieron hospitalización, y se les diagnóstico miocarditis, hepatopatía, daño renal, neuropatía y que hayan requerido asistencia respiratoria prolongada durante la internación. En esos casos, no se recomienda iniciar la actividad física, pero sí rehabilitación cardiopulmonar y un control profesional cada tres meses”, recomendó la especialista.