En su departamento, ubicado sobre la Avenida Pueyrredón al 1800, Silvino Báez (47) y Graciela Sosa (52) pasan la cuarentena. Salen -dicen- lo mínimo indispensable. Aunque más de una vez desearían poder escaparse de su casa. Esa misma que alguna vez fue sede de festejos y de reuniones familiares, durante los últimos seis meses, se convirtió en una especie de callejón sin salida. Sobre todo desde que se decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio: el encierro acentuó la ausencia de su único hijo, brutalmente asesinado por un grupo de rugbiers en la puerta del boliche Le Brique, en Villa Gesell.
































