La incorporación de los octógonos negros en los envases de alimentos marcó un punto de inflexión en la relación entre los argentinos y lo que ponen en su mesa.
Un estudio de la UBA confirmó que la población argentina apoya el etiquetado frontal porque facilita decisiones de compra rápidas y conscientes. Los sellos de advertencia funcionan como una alarma visual sobre los ultraprocesados y promueven un regreso a los alimentos caseros y naturales.

La incorporación de los octógonos negros en los envases de alimentos marcó un punto de inflexión en la relación entre los argentinos y lo que ponen en su mesa.
Lo que antes requería tiempo, conocimientos técnicos y paciencia para descifrar etiquetas extensas, hoy se resuelve en segundos frente a una góndola.
Así lo confirma un estudio de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que ratifica el apoyo de la población a las políticas de etiquetado frontal.
La nutricionista Florencia Cúneo dijó, en una entrevista a CyD Litoral, que ese dato no le sorprende: “Viene a confirmar y a ratificar, con más evidencia, que la población está a favor de estas políticas públicas”.
La Ley de Alimentación Saludable, que incluye los sellos de advertencia sobre nutrientes críticos, se consolidó como una herramienta central de salud pública.
Según explicó Cúneo, estos nutrientes —cuando se consumen en exceso— favorecen el desarrollo de enfermedades prevalentes en el país. Pero el impacto va más allá de lo estrictamente nutricional: los octógonos también modificaron hábitos, miradas y elecciones cotidianas.
Durante años, la información nutricional estuvo relegada al dorso de los productos, presentada en listas técnicas difíciles de interpretar. “En fracciones de segundo, que es cuando las personas toman la decisión de compra, esa información era confusa, casi indecifrable y tediosa de leer”, resumió la especialista.
En ese contexto, el consumidor quedaba en clara desventaja frente a una industria que ofrecía soluciones rápidas para estilos de vida acelerados.
Los octógonos negros cambiaron esa lógica. Su diseño visual, directo y uniforme permite identificar rápidamente si un producto tiene exceso de azúcares, grasas totales o grasas saturadas.
A eso se suman las leyendas precautorias que advierten sobre la presencia de cafeína y edulcorantes artificiales.
“Son una forma poderosa e interesante de visibilizar información importante muy rápidamente y muy fácil para el consumidor”, destacó Cúneo.
La diferencia con el sistema clásico es clave: mientras la tabla nutricional exige interpretación, los sellos funcionan como una señal inmediata. No brindan toda la información, pero acercan al consumidor a una comprensión más real del impacto que ese alimento puede tener sobre su salud.
Uno de los efectos más relevantes del etiquetado frontal es que puso en primer plano un concepto que antes circulaba casi exclusivamente en ámbitos académicos: el de alimentos ultraprocesados.
Según explicó la nutricionista, se trata de productos de producción industrial elaborados con tecnologías sofisticadas, imposibles de comparar con un alimento casero o natural.
“Cuando encontrás los octógonos, no solo sabés que ese producto tiene un exceso de un nutriente crítico, sino que también es un indicador de que probablemente sea ultraprocesado”, señaló.
Estos alimentos están formulados con ingredientes de origen industrial, muchos de ellos ajenos a la cocina doméstica y a la matriz natural de los alimentos.
Durante décadas, estos productos se instalaron como una respuesta práctica a la falta de tiempo para cocinar. “Creímos que nos resolvían la vida”, reconoció Cúneo. Sin embargo, la evidencia científica acumulada comenzó a mostrar el otro lado de esa comodidad.
El consumo elevado de ultraprocesados no solo se asocia con enfermedades crónicas vinculadas al exceso de grasas y azúcares.
Según explicó la especialista, también hay evidencia epidemiológica que relaciona estas dietas con un menor rendimiento físico, problemas gastrointestinales y malestares cotidianos.
En los últimos años, incluso, comenzaron a aparecer asociaciones con la salud mental. “Se observan síntomas de angustia, depresión y otros malestares que aparecen con mayor prevalencia en poblaciones que consumen más ultraprocesados que en aquellas con dietas más naturales”, advirtió.
A esto se suma una preocupación central: los aditivos. En las listas de ingredientes de estos productos aparecen múltiples compuestos cuyo comportamiento a largo plazo en el organismo aún no se conoce del todo.
El consumo crónico de sustancias no naturales plantea interrogantes que refuerzan la necesidad de advertencias claras.
Los sellos de advertencia se enfocan en los llamados nutrientes críticos: azúcares simples, grasas totales y grasas saturadas.
Son componentes que, en exceso, resultan perjudiciales y favorecen enfermedades prevalentes. La ley busca que esta información esté al alcance de todos, sin necesidad de ser expertos en nutrición.
Además, el sistema incluye advertencias específicas sobre cafeína y edulcorantes artificiales. Antes, detectar estas sustancias implicaba leer con detenimiento listas extensas y técnicas. Hoy, una leyenda visible alerta de su presencia y permite decidir con mayor conciencia.
La decisión de compra ocurre en segundos. En ese contexto, los octógonos funcionan como un puente entre la evidencia científica y la vida cotidiana. “Si uno advierte la presencia de estos sellos, puede decidir si los consume o no, pero con información fehaciente respecto de lo que puede impactar en su salud”, explicó Cúneo.
Este acceso rápido a la información está generando un cambio de paradigma. La población ya no compra solo por precio, marca o conveniencia, sino que incorpora el criterio de calidad nutricional de manera más activa.
Como contracara del avance de los ultraprocesados, se consolida un retorno a lo esencial. Los nutricionistas insisten en volver a los alimentos preparados en casa, con ingredientes reales y naturales. No se trata de negar los cambios en los estilos de vida, sino de repensar las elecciones.
“La industria vino a resolver una cuestión instalada, pero hoy sabemos que esos productos incorporan compuestos no naturales a nuestro organismo”, señaló Cúneo.
Frente a esa evidencia, los sellos de advertencia actúan como una guía que orienta al consumidor hacia opciones más simples y cercanas a la comida real.




