Cancha de Los Andes, año 1984. Los Andes 4-Colón 2. A Tripicchio le hicieron un gol desde atrás de la mitad de la cancha, esa tarde ventosa en Lomas de Zamora. Final del partido. Hay un hombre que viene caminando solo, con el bolsito colgado en uno de sus hombres. Ese hombre supo de jornadas históricas, inolvidables, de golazos de tiro libre u olímpicos, de actuaciones deslumbrantes. Ese hombre jugaba bien siempre y muchas veces la “descosía”. Tenía una zurda prodigiosa. A ese hombre lo ponían de “8” y la rompía, de “5” y la rompía, de “10” y la rompía. Ese hombre, alguna vez, jugó de marcador central, porque seguramente faltaban defensores, en la Bombonera ante Boca y Colón ganó. Ese hombre venía caminando solo por el pasillo que lo llevaba desde el vestuario visitante de la cancha de Los Andes, a la calle. Ese hombre se paró, puso su mano en el hombro del muy joven, por entonces, periodista de El Litoral que había sido elegido para cubrir aquel partido y con los ojos rojos, llenos de lágrima y voz titubeante le dijo: “Ya está, este es el final, hasta acá llegué...”. Fue su último partido. Fue el 26 de agosto de 1984. El lunes se cumplirán 35 años de aquel día. Ese hombre que le decía adiós al fútbol profesional es el mismo que años antes, en los 70, escuchaba la mejor música para sus oídos. “Y ya lo vé, y ya lo vé, ese es Cococho y su ballet” que cantaba la hinchada en aquel Centenario distinto, de tribunas de madera que se convertían en fieles testigo de su talento, de su inteligencia, de su capacidad para conmover a esos hinchas agradecidos que hoy recuerdan goles, jugadas y partidos con el símbolo de ese hombre.



































