Aquéllos niños de 1905 nunca imaginaron ese “monstruo” que estaban creando. Aquélla madre que no dejó salir a jugar a la pelota a su hijo hasta que terminara de estudiar los viajes de las carabelas de Colón para descubrir América, tampoco imaginaba el sentimiento futuro que se venía por el sólo hecho de mencionar ese nombre. Aquél campito que fue su primera cancha acunó juegos del presente y un porvenir de grandeza en el futuro. Se fue haciendo pueblo, metiéndose en las entrañas de esa gente humilde que a veces encontraba – y encuentra – en Colón, un motivo de alegría y emoción.


































