15 segundos para el final del partido, el 23 de Chicago Bulls lleva la pelota dominada hacia el sector izquierdo de la cancha, se acerca a la línea de 3 puntos, el tablero electrónico indica que pierden 86-85. Pica y piensa; en sus manos tiene la “americana” que le puede dar el sexto anillo. 10 segundos, encara al defensor y lo lleva hasta el corazón de la zona pintada. 7 segundos, flexiona sus rodillas, engaña a su marca (queda tirado en el piso casi en ridículo), se levanta, lanza, quiebra la muñeca (se paralizan los corazones en Salt Lake City, en todo Estados Unidos y parte del mundo) el balón vuela, hace una parábola perfecta y “chas”. Michael Jordan lo hizo una vez más, la última, para conquistar un nuevo campeonato en la NBA. Piel de gallina, otra vez, a 22 años de esa secuencia.



































