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Crónicas de la historia

El golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930

Por Rogelio Alaniz. La fecha es emblemática. Ese día se inició en la Argentina el ciclo de golpes de Estado que durante medio siglo empañarán la vida institucional de la Nación. Hay un amplio consenso en admitir que la asonada militar de 1930 podría haberse impedido, que no era inevitable, ni siquiera para los conservadores y mucho menos para los militares.

El golpe de Estado del 6 de septiembre de 1930

Miércoles 8.9.2010
 23:11
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Rogelio Alaniz

La fecha es emblemática. Ese día se inició en la Argentina el ciclo de golpes de Estado que durante medio siglo empañarán la vida institucional de la Nación. Hay un amplio consenso en admitir que la asonada militar de 1930 podría haberse impedido, que no era inevitable, ni siquiera para los conservadores y mucho menos para los militares. Estudiar lo que no sucedió suele ser un buen ejercicio intelectual para los historiadores, pero nada más que eso. Lo que importa, en definitiva, es lo que sucedió y, en todo caso, por qué sucedió de una manera y no de otra.

Se sabe que no hay una causa exclusiva que explique un acontecimiento histórico. El golpe de 1930 no fue una excepción. Historiadores, políticos y periodistas han dicho lo que mejor les ha parecido. Y hasta Gardel se dio el gusto de dedicar un tango a la jornada “patriótica”. Como va a suceder con los golpes posteriores, el 6 de septiembre la marcha militar contó con el apoyo de amplios sectores sociales. Después se discutirá si ese apoyo fue la espuma o el contenido real de la jornada, pero después, no antes.

Según se mire, el golpe se produjo porque Yrigoyen estaba viejo, porque quería nacionalizar el petróleo, por las rencillas internas de los radicales, porque la prensa -particularmente el diario Crítica, de Botana- estaba comprometido en lo que hoy se llamaría una campaña “destituyente”, porque los estudiantes universitarios salieron a la calle a pedir la renuncia del “César octogenario”, porque la crisis económica que había estallado en Wall Street impactaba sobre la calidad de vida de las clases medias, porque las intervenciones a las provincias eran consideradas una prueba más del carácter despótico del gobierno, porque los militares estaban convencidos de que les correspondía desempeñar un rol tutelar, porque para la clase dirigente la ley Sáenz Peña era la fuente de todos los males. En consecuencia, frente a tantos porqués, la mejor alternativa era un gobierno de orden, un gobierno que hiciera realidad el deseo expresado por Lugones de que “la hora de la espada” había llegado.

Todos estos motivos fueron reales más allá de su razonabilidad o certeza. Corresponde al historiador ordenarlos, darles un sentido, un significado de acuerdo con los interrogantes que pretenda responder. De todos modos, y más allá de las polémicas historiográficas abiertas, lo que está fuera de discusión es que el 6 de septiembre se interrumpe el ciclo institucional iniciado con la ley Sáenz Peña para algunos, o después de la batalla de Pavón para otros.

Los militares llegan al poder y llegan al poder para quedarse. Desde esa fecha y hasta 1983 las Fuerzas Armadas serán protagonistas activas del sistema político. Decidirán quién debe gobernar y cómo debe hacerlo. La responsabilidad de los militares en las asonadas golpistas está probada. Se creyeron los salvadores de la Patria, la última reseva moral de la Nación y, sobre todo, los autorizados para decidir quiénes debían vivir y quiénes debían morir. Su responsabilidad es inexcusable pero no es única. Hay también una responsabilidad de toda la clase dirigente, es decir de empresarios, políticos, intelectuales, sindicalistas, opinión pública. Sería injusto, por lo tanto, decir que los únicos malos de la película fueron los militares, pero también sería injusto desconocer el rol preponderante que ellos jugaron.

En 1930, todos los componentes que luego van a estar presentes en la historia argentina durante medio siglo, ya eran visibles. Cuando Lugones anuncia en Lima que había llegado la “hora de la espada”, sabía de lo que hablaba. El mundo de entonces crujía acuciado por la crisis. Las democracias eran cuestionadas en nombre de las dictaduras corporativas y totalitarias. El liberalismo del siglo XIX retrocedía impotente, y quienes en otros tiempos ponderaban los beneficios de la república ahora miraban con buenos ojos la experiencia de Mussolini o los ensayos teóricos de Maurras.

En la Argentina, Hipólito Yrigoyen había llegado a la presidencia “plebiscitado” por un aluvión de votos. En 1928, los voceros de las clases tradicionales empezaban a creer que por el camino de las elecciones era imposible recuperar el poder. Es interesante leer la literatura de la época para observar cómo determinadas ideas que en otras circunstancias serán consideradas estrafalarias y hasta ridículas, empiezan a adquirir entidad intelectual y a impregnar con su retórica el sentido común de políticos, intelectuales y empresarios. Fue en esos años que comenzó a cuestionarse el sufragio universal. También adquirirá estatus intelectual el criterio de que las sociedades deben ser gobernadas por los mejores ¿Y quiénes son los mejores? Los que reúnen el prestigio del dinero y el saber... en ese orden.

El nacionalismo, en su versión revisionista, seducirá a los jóvenes patricios. La democracia será considerada la principal responsable de los males nacionales. El otro responsable será el inmigrante con sus ideas estrafalarias, sus hábitos vulgares, sus miserables ambiciones. Una sociedad jerárquica será presentada como la solución. Si la Argentina fuera gobernada como un cuartel, todos seríamos felices, decían.

Todo esto no hubiera ido más allá de una de las tantas distracciones intelectuales de moda si no se hubieran creado condiciones reales que transformaran esas ideas en acciones concretas. Es verdad que, para 1930, el gobierno radical era inoperante e Yrigoyen daba señales alarmantes de senilidad, pero reducir la crisis a la vejez de Yrigoyen o a la corrupción radical es un detalle menor, sobre todo si se lo compara con un factor decisivo, un “dato” que habrá de precipitar la crisis no sólo en la Argentina sino en el mundo. Me refiero al derrumbe de la bolsa de valores de Wall Street.

Conviene detenerse en este punto porque es representativo no sólo de uno de los aspectos centrales de la crisis de 1930, sino de los modos singulares con que las crisis operan sobre las sociedades. La crisis de 1929 es considerada hoy por los economistas como la crisis más grave que sufrió el capitalismo en el siglo veinte. Alteró todas las reglas de juego existentes, definió un antes y un después en la historia y, para más de un estudioso, fue la responsable de la Segunda Guerra Mundial.

La crisis fue grave no sólo por sus consecuencias materiales, sino porque los operadores económicos y políticos de entonces fueron sorprendidos por ella. En el futuro, el capitalismo atravesará por crisis parecidas e incluso más serias, pero habrá instrumentos para controlarlas o mitigarlas. En 1930 estos instrumentos no estaban, y más de un economista burgués creyó que efectivamente se cumplía la profecía de Marx de que el capitalismo se hundiría víctima de sus propias contradicciones.

En la Argentina el modelo primario exportador llega a su fin en 1930. Un modo de acumulación capitalista exitoso durante más de medio siglo se agotaba y era necesario pensar alguna otra salida para un mundo donde las naciones centrales abandonaban el laissez faire, levantaban barreras arancelarias, empezaban a comprar menos materias primas -o a comprarlas en otros lados- y a pagar precios más bajos. Conclusión: los fundamentos que constituyeron la base de la riqueza durante más de cincuenta años desaparecían o se transformaban.

No se puede entender la filiación del golpe de Estado del treinta al margen de la crisis de Wall Street. Lo interesante, de todos modos, es que los protagonistas de aquellos años fueron los primeros en ignorarla. Todos los debates abiertos en 1930 en Buenos Aires excluyen sorprendentemente a la crisis. Se habla de la corrupción, de la senilidad de Yrigoyen, de la parálisis administrativa, pero no hubo un diputado, un senador, un periodista, un político que ubicara a la crisis como el marco adecuado para entender en su totalidad el devenir de los acontecimientos.

La moraleja es aleccionadora para quienes pretenden descalificar a los historiadores con el peregrino argumento de que “a mí no me la vas a contar porque yo la viví”. En este caso, el “haberla vivido” demuestra que no es ninguna garantía de verdad. Por entonces, ni la izquierda, ni la derecha, ni los civiles, ni los militares, ni los radicales, ni los conservadores se percataron de que en esas jornadas sacudidas por las conspiraciones y las movilizaciones callejeras, el mundo y su economía dominante crujían en sus bases y que ese crujido era el anticipo de transformaciones y cambios que lanzarían a los hombres a una década signada por ensayos políticos que serán la antesala de nuevas desgracias e imprevisibles tragedias.

(Continuará)

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