-Hay un punto, cuando uno escribe, en que ciertos cuentos empiezan a dialogar entre ellos, en este caso creo que tiene que ver con una misma zona, una zona geográfica y a la vez mental. Varios de ellos transcurren en lugares de Rosario “fuera del mapa” habitual, subsuelos de galerías céntricas, altillos con murciélagos, negocios multirubros que parecen de otro país, casas abandonadas. Toda una región que se presta para explorar lo insólito, lo que está fuera de la norma y ahí es donde entra la zona mental, cómo re imaginar lo cotidiano y propiciar la irrupción de lo fantástico. Entonces hay un mundo que es real pero se transforma en otro y que está lejos de castillos medievales y mansiones victorianas, que tiene que ver con miedos e inquietudes actuales y cercanas. Podemos pensar en Derry y el Maine de Stephen King como un modelo valioso para el género de terror, centrarse en lo más cercano, en lo que nos interpela en el día a día y nos asombra. Algunos de estos cuentos surgieron antes de la pandemia y otros se desarrollaron durante. En ese tiempo especial fue cobrando forma el libro y hay una especie de tire y afloje entre esa exploración de la ciudad y situaciones cercanas al encierro, a la claustrofobia, que tienen que ver con el género de terror pero creo que también se relacionan con ese período. Fue importante el aporte de gente amiga, cercana, muy buenos lectores, y el aporte de la mirada de un escritor referente como Leo Oyola. Finalmente el libro se publicó el año pasado por la Editorial Casagrande y es lindo formar parte de un género que me ha gustado toda la vida y que hoy en Latinoamérica se vuelve tendencia y tiene grandes exponentes.