Con un prestigio adquirido por las películas que hizo en su Inglaterra natal, muchas de ellas mudas, Alfred Hitchcock llegó a Estados Unidos en 1940, contratado por David O. Selznick. El productor, endulzado por los nueve Oscar de “Lo que el viento se llevó”, pretendía que el futuro maestro del suspenso se hiciera cargo de una película sobre el hundimiento del “Titanic” (medio siglo antes de que James Cameron, lo que deja en claro que, evidentemente, Selznick tenía olfato para los negocios). Sin embargo, el proyecto no prosperó. En cambio, apareció en el horizonte una novela escrita por Daphne Du Maurier y titulada lacónicamente con un nombre propio de mujer: “Rebeca”. Selznick International Pictures poseía los derechos y le encargó al inglés su adaptación a la pantalla grande, lo que dio lugar a una de sus cintas más exitosas (ganó el Oscar a la Mejor Película), pero con una paradoja señalada por el propio Hitchcock ante Francois Truffaut: “No es una película de Hitchcock. Es una especie de cuento y la misma historia pertenece a finales del siglo XIX. Era una historia bastante pasada de moda, de un estilo anticuado”.



































