Por Verónica Dobronich
La neurociencia revela qué áreas y sustancias químicas influyen en cómo nos valoramos, y propone hábitos prácticos para fortalecer la autoestima y mejorar la salud emocional.

Por Verónica Dobronich
La autoestima no es solo un concepto psicológico o una “sensación” subjetiva: también es un proceso biológico. Hoy, la neurociencia nos permite comprender cómo ciertas áreas del cerebro, neurotransmisores y hábitos cotidianos moldean la manera en que nos percibimos. Y lo más alentador: se puede entrenar.
Investigaciones recientes han identificado tres regiones clave:
• Hipocampo: almacena recuerdos y experiencias que nutren —o erosionan— nuestra autopercepción.
• Corteza prefrontal medial (mPFC): permite reflexionar sobre nosotros mismos y asignar valor a nuestras acciones.
• Corteza cingulada anterior (ACC): gestiona emociones vinculadas a la autoevaluación.
Un estudio de la Dartmouth University reveló que las personas con autoestima más alta presentan conexiones más fuertes entre la mPFC y el estriado ventral —área vinculada a la motivación y la recompensa—, lo que favorece una autovaloración más estable.
Química que influye en cómo nos vemos
La amígdala se activa ante el rechazo social, una reacción más intensa en personas con baja autoestima. Según un estudio publicado en NeuroImage, el entrenamiento en reencuadre cognitivo —reinterpretar los hechos de forma constructiva— reduce esa activación y fortalece la corteza prefrontal, mejorando la regulación emocional.
Ocho semanas de meditación enfocada en autocompasión reducen la reactividad de la amígdala y aumentan la actividad en la PFC (Psychological Science).
Cambiar pensamientos del tipo “fallé” por “aprendí” activa circuitos de regulación emocional.
Llevar un diario con pequeñas victorias incrementa la activación del estriado ventral, consolidando la percepción interna de valor.
Las relaciones genuinas liberan oxitocina, que modula el estrés y refuerza una autoimagen positiva (Frontiers in Psychology).
La autoestima es una construcción compleja en la que se entrelazan biología, experiencias y hábitos. No es un rasgo fijo: se puede nutrir y fortalecer. Invertir tiempo en prácticas que favorezcan la neuroplasticidad y en entornos que nos valoren es, también, cuidar de nuestra salud mental.
Como concluye la neurocientífica Lisa Feldman Barrett: “Tu cerebro está cambiando a cada momento; puedes usarlo para construir la mejor versión de ti”.





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