Por Verónica Dobronich
Negar emociones incómodas no las hace desaparecer. Solo las posterga. Y lo que no se expresa, suele manifestarse de otras maneras: en el cuerpo, en los vínculos, en el agotamiento.

Por Verónica Dobronich
En nombre del bienestar, muchas personas se exigen sentirse bien todo el tiempo. Estar motivadas, agradecidas, optimistas, resilientes. Como si experimentar emociones incómodas fuera un error personal o una falla de carácter.
Esta idea de positividad permanente no solo es irreal, sino que puede convertirse en una fuente más de malestar. Porque cuando no podemos estar bien —y eso es humano— aparece la culpa, la frustración o el silencio emocional.
El bienestar emocional no es ausencia de tristeza, enojo o miedo. Es la capacidad de reconocer lo que sentimos, comprenderlo y gestionarlo sin negarlo ni exagerarlo. Sentirse mal no es lo opuesto a estar bien; muchas veces es parte del proceso.
Negar emociones incómodas no las hace desaparecer. Solo las posterga. Y lo que no se expresa, suele manifestarse de otras maneras: en el cuerpo, en los vínculos, en el agotamiento.
Hablar de bienestar real es animarnos a validar la experiencia emocional completa. Darnos permiso para no poder con todo, para pedir ayuda, para frenar. El verdadero bienestar no se trata de sonreír siempre, sino de vivir con mayor coherencia interna.
La psicología emocional y los enfoques de regulación emocional sostienen que todas las emociones cumplen una función. Una práctica saludable es cambiar la pregunta “¿cómo hago para dejar de sentir esto?” por “¿qué me viene a mostrar esta emoción?”. Cuando dejamos de pelear con lo que sentimos, reducimos el sufrimiento innecesario.
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