Por C. Gerardo Baumann

Por C. Gerardo Baumann
La actualidad política, económica y socio-cultural de nuestra patria, considerando las personas que han devenido en dirigentes, nos conduce a examinarla críticamente para prevenir efectos tan peligrosos como indeseables.
Para ello creo que no hay mejor que observar los sucesos históricos de todas las naciones pues, allí hay sobradas muestras de las consecuencias que se deben evitar.
Y en trance de elegir, opto por hacer la analogía con sucesos acaecidos en la Francia pre y post-revolucionaria que, considerados adecuadamente nos permitirán entender las conductas actuales de algunas personas y la probable derivación de las mismas, así como las consecuencias de nuestros propios actos en la interacción que tenemos con ellas, de modo de evitar incurrir en los mismos infortunios padecidos entonces.
Así pues, debemos ante todo recordar que promediando el Siglo XVIII, el gran Rousseau (Jean Jaques), prolífico en sus auto-contradicciones, emprendía su lucha contra el absolutismo filosófico y político. En 1750 publicó sus "Discourses…" y con ello, ofendió al colectivo social imperante que naturalmente reaccionó en su contra. Enfrentado pues, con el "status quo", además de refugiarse en sí mismo, comenzó a manifestar sus ideas que tuvieron como corolario el "Contrato Social" en 1762.
Entre tanto, otro filósofo contemporáneo a Rousseau, aunque de pluma más ligera y alegre, también la emprendía contra el absolutismo (político y religioso). Me refiero a Francois Marie Arouet (Voltaire).
Ambos sembrarían entonces la semilla de cambio bajo el mediocre reinado de Luis XV, sin imaginarse que un recién nacido en esos tiempos, se convertiría luego en el ejecutor de sus pensamientos, aunque con una perversidad inexplicable; se erigiría en uno de los más conspicuos "revolucionarios" que, aún reconocido por ser incorruptible, también lo sería luego por su total desmesura, la que acarrearía efectos tan nocivos a la causa de la revolución, que postergaría sus mieles por casi medio siglo más. Me refiero a Maximilian Robespierre.
Erudito, abrevado e inspirado en las ideas e incoherencias de los dos filósofos mencionados, de excelente oratoria y seductor de masas, Robespierre trasciende en su derrotero político bajo el reinado de Luis XVI (nieto de su predecesor). Este Rey atormentado por una insoportable como perturbadora fimosis que le dificultaba satisfacer los requerimientos de su reina y ésta misma extraviada en frivolidades e ideología dispendiosa, en su breve regencia y soslayando la ostensible miseria de su pueblo, no tenía más ideas que aumentar impuestos e imponer restricciones e interdicciones de disposición (cepos) a sus súbditos, lo que además de incrementar el descontento de la plebe, indispuso también a los nobles.
En tal contexto, caída la Bastilla e inaugurada la Revolución, Robespierre y sus secuaces (jacobinos extremistas), prevalecen sobre sus camaradas (los jacobinos moderados), repartiendo guillotinazos por doquier (hasta aquellos encarcelados por "hurtos famélicos" eran sancionados con la decapitación). El desborde era de tal magnitud que el Rey, ya convertido en un títere de la Revolución, intentó huir con la Reina hacia Cuba (perdón, hacia Austria). Capturados, ambos fueron acusados de traicionar la Revolución y decapitados.
El frenesí de Robespierre por transmitir las ideas revolucionarias, sólo masificó el desborde generalizado y sumió al reino en un caos patético. Su reacción fue más guillotina y allí recibieron lo suyo los girondinos, tanto que en sólo dos jornadas, en Bordeaux, hizo ejecutar, mediante la guillotina claro, a 430 girondinos. Recuérdese, éstos no eran opositores, sino que eran burgueses devenidos en revolucionarios moderados que justamente aborrecían las decapitaciones y exigían terminarlas. Luego del error estratégico de hacer pasar por la entonces sangrienta Plaza de la Concordia a los Reyes, se apagó la luz de Robespierre y de sus acólitos, recibiendo entonces el remedio de su propia receta en la misma Plaza de la Concordia.
En nuestros días, nuestros personajes de "cabotaje": un títere desorientado que no sabe ya que bota más lamer; su dueña, extraviada en su codicia y los desvaríos que resultan de su obsesión por el poder y por la grosera impunidad que persigue por sus latrocinios; un incoherente grosero que se define a sí mismo como "anarco-liberal", ignorando que éstos son conceptos contradictorios y auto-excluyentes, en peligroso crecimiento de la voluntad de los electores pero efectivos para complacer a quienes resienten al Estado; un numeroso grupo de tibios girondinos, que absurdamente auspician el diálogo con los absolutistas, aún a sabiendas que éstos carecen de un interés genuino más allá de lo que les resulte beneficioso para mantener todas sus prerrogativas encubiertas bajo la apariencia de una inexistente ideología (aunque, desorientados, sospechan inminente "la caída de la Bastilla" sin tener capaces para aportar nada que cambie la ruindad que causan la catarata de impuestos y cepos, y persisten en sus posturas o acrecientan la degradación moral y cultural a la que su complicidad nos ha traído); un importante número de jacobinos bien diferenciados filosóficamente entre sí (moderados dialoguistas y extremistas duros); sus parientes cercanos de boinas blancas que mantienen los mismos vicios y limitaciones de los últimos años (bien harían en revisar la vida y gestión de ese pro-hombre también boina blanca derrocado en el '66), pues no entienden que el crecimiento logrado en los últimos comicios es tan efímero como insustancial para sus anhelos; y, por fin, un minúsculo resto de individuos también absolutistas pero en diversas direcciones y con una impronta más moralizadora.
Los dos primeros (el títere y su dueña), además de agobiar a quienes generan los recursos, exhiben su evidente estulticia ejerciendo presiones estériles sobre jueces y todos los que suponen enemigos. Ni siquiera advierten que todos aquellos a los que hoy convierten en turba adicta, movilizada a cambio de unas miserables monedas para agredir instituciones y/o personas, en un futuro muy próximo serán sus propios verdugos (políticamente hablando claro, pues sus decapitaciones serán "virtuales", como es tan propio de esta época), según sea el crecimiento de nuestro Robespierre doméstico, que trastornado deambula en la señalada contradicción de postular las reglas de una economía que requiere el orden como presupuesto, y el caos institucional que sugiere impúdicamente, proponiendo hacer estallar el Estado mismo (aunque algunas de sus instituciones, por su manifiesta inutilidad, deberían sí estallar).
En estos tiempos relativamente tumultuosos, hay por ahí, reconocido pero sin pompa alguna, un republicano, un "bull dog" cancerbero, de una economía racional con el conocimiento suficiente para ordenar el caos de la economía y pergeñar un programa con el que se cambie la matriz perversa impuesta por los absolutistas, sin hacer volar por el aire al Estado; implementando medidas que bien pueden duplicar empleos en poco tiempo y ordenar la convivencia ciudadana. Claro, los primeros meses serían muy dolorosos y para poder lograrlo resultaría indispensable contar con un formidable respaldo del poder político y que éste sea tan intransigente como racional y austero, poniendo en evidencia el disparatado derroche de recursos que practican nuestros monarcas caseros, por ejemplo, en viajes con "comitivas" de más de cien bufones o en la utilización de aviones para que sus novias y amigos visiten a sus familiares o vayan de vacaciones.
El desprecio por el pueblo víctima les ha hecho perder la perspectiva pues, hasta organizan fiestas masivas so pretexto de alguna conmemoración, hacen venir a dirigentes foráneos a altísimos costos para el erario, omitiendo que esos mismos extranjeros participan de la idea de que "se puede ser pobre y si a uno le toca, debe ser prolijo, no dispendioso".
A la política le incumbiría -además de respaldar un plan económico completo, que contemple todos los presupuestos y purgue los factores distorsivos- recuperar el ejercicio pleno del poder coactivo del Estado en un contexto de racionalidad, dando certezas de gestión en contra de los terroristas del Sur, de los usurpadores urbanos y de todo tipo de delincuencia que hoy abruma. Aquellos que ocupen el Estado no sólo deberán exhibir su apego irrestricto a reglas morales sino educar al pueblo que, obviamente las ha olvidado.
Pero lo esencial para esta hora, es impedir el avance del anarquismo de nuestro Robespierre barrial porque si acaso se erigiera en el hombre a seguir, la consecuencia inmediata sería la disolución nacional ya que se servirá del caos que impulsa y nos dejaría inertes, posponiendo nuestros anhelos cincuenta años más, como aconteció en la Francia Revolucionaria, además de las eventuales secuelas de un conflicto fratricida evitable.
Luego del error estratégico de hacer pasar por la entonces sangrienta Plaza de la Concordia a los Reyes, se apagó la luz de Robespierre y de sus acólitos, recibiendo entonces el remedio de su propia receta en la misma Plaza de la Concordia.
Lo esencial para esta hora, es impedir el avance del anarquismo de nuestro Robespierre barrial porque si acaso se erigiera en el hombre a seguir, la consecuencia inmediata sería la disolución nacional.




