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Crónicas de la historia

El asesinato de María Cristina Viola

Por Rogelio Alaniz

El asesinato de María Cristina ViolaEl asesinato de María Cristina Viola

Viernes 27.12.2013
 0:22
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Rogelio Alaniz

Ese domingo 1º de diciembre de 1974, el capitán Humberto Antonio Viola y su mujer María Cristina Picon, salieron a media mañana de su casa, acompañados de sus dos hijitas: María Fernanda, de cinco años, y María Cristina, de tres. Primero asistieron a misa y cerca del mediodía enfilaron con dirección a la casa de los padres del capitán, donde los aguardaban para almorzar. No eran los únicos que los esperaban. Once guerrilleros del ERP estaban apostados para asesinar al capitán, en represalia del operativo represivo llevado a cabo por los militares, en agosto de ese año, en las inmediaciones de la ciudad de Catamarca.

Como se recordará, en aquella ocasión habían sido ejecutados dieciséis guerrilleros, quienes luego de fracasar en el asalto a un cuartel y acorralados por el Ejército, decidieron entregarse invocando su condición de combatientes amparados por el derecho internacional. La respuesta del general López Aufranc fue fusilarlos a todos sin privarse de torturar a los cabecillas. La respuesta de la conducción política del ERP fue ordenar la ejecución del mismo número de militares. En Santa Fe fueron asesinados Gambandé y López. Viola era el noveno.

A la una y cuarto de la tarde, el auto de Viola estacionó frente a la casa de sus padres. La mujer -dicho sea de paso, embarazada de cinco meses- descendió para abrir la puerta del garaje. Fue en ese momento que uno de los autos de los guerrilleros se puso a la altura del de Viola y desde allí dispararon con escopetas Itaka. Según una versión, los disparos golpearon en el parante delantero y, como consecuencia del rebote, “los balines” mataron a María Cristina en el acto, e hirieron gravemente a María Fernanda.

El capitán bajó del auto, pero a los pocos metros fue derribado por una ráfaga. Malherido y en el suelo fue rematado por otro guerrillero que, según declaraciones posteriores de la esposa de Viola, antes de disparar la miró a ella con una sonrisa burlona.

La teoría del rebote de los balines fue refutada por el hermano de Viola, quien asegura que los disparos entraron por la luneta trasera. Esto quiere decir que las dos nenas fueron las primeras en ser alcanzadas por los perdigones. Una murió en el acto, pero la otra quedó herida gravemente y después de nueve operaciones pudo recuperarse a medias, porque en estos casos las secuelas físicas y psíquicas nunca desaparecen del todo.

La noticia escandalizó al país. En 1974 el asesinato de un militar era noticia, pero uno de los rasgos perversos de aquellos años era que todos estábamos más o menos habituados a que las tapas de los diarios se tiñeran de rojo con hechos de muerte. El asesinato de una nena de tres años rompía con esa perversa monotonía. La indignación social fue tan alta que la conducción del PRT decidió suspender los operativos “justicieros” y lamentó la muerte de la niña. Según se cuenta, el propio Santucho propuso un juicio de guerra a los responsables de ese operativo, e incluso se dice que él mismo mocionó ejecutarlos. Nada de ello ocurrió, pero está claro que los dirigentes del PRT no ignoraron los costos políticos que pagarían por semejante atrocidad. Es que como dijera un periodista, el PRT fue derrotado militarmente en Catamarca, pero la gran derrota política la tuvo en Tucumán con el asesinato de Viola y su hija.

También se cuenta que una semana antes, el capitán Viola le había dicho a su esposa -afligida por el rumbo violento que tomaban los acontecimientos-: “Todos corremos peligro. Esta es una guerra. Pero no te preocupés querida, porque los terroristas con la familia no se meten”. Error. Se metieron y de la peor manera. ¿Gajes del oficio? Pésimos gajes. Hay que disponer de una cuota de fanatismo o de criminalidad muy alta para hacer lo que se hizo. ¿Costaba tanto suspender el operativo? ¿Era tan difícil imaginar que en la cabina de un auto si se disparaba a mansalva lo más previsible era que murieran todos? El objetivo era Viola, no su hija, dijeron. Pero mataron a la hija. Y luego, para disimular la culpa, atribuyeron la muerte al rebote de unos “balines”.

Otras justificaciones fueron peores. Dijeron que Viola no era un santito, que lideraba un grupo de tareas que secuestraba y torturaba a militantes sociales. Mientras tanto, de María Cristina ni una palabra. “Consecuencias no queridas de la guerra revolucionaria”, dijo uno. Claro, así todo es mucho más sencillo. No vamos a renunciar a nuestros objetivos revolucionarios porque murió una nena de tres años. Autocrítica, y a vencer o morir por la Argentina.

Lo más interesante del caso es que después de todos esos crímenes la conducción del PRT admitió que fue un error haber ordenado asesinar a mansalva a los militares. Algo es algo. Ninguna referencia al hecho de alzarse en armas bajo un régimen democrático que, bueno, malo o regular, era democrático, ninguna consideración acerca de que en algo podrían estar equivocados. Dos años más tarde, un Santucho acorralado por el Ejército y con sus tropas diezmadas se preguntaba: “¿En qué nos equivocamos?”. En qué no nos equivocamos, hubiera sido la pregunta más adecuada.

¿Y qué pasó con los asesinos? Algunos fueron detenidos y condenados. Es el caso de Fermín Ángel Núñez, que estuvo preso hasta 1987, cuando fue dejado en libertad por orden del juez tucumano Jorge Parche. ¿Motivos? Buena conducta. ¿Alguna otra explicación? Barría la celda todas las mañanas y leía la Biblia. Maravilloso y muy justo. Habilidades con la escoba y lecturas piadosas, y colorín colorado este cuento ha terminado.

Sorprendente pero verdadero. Para los asesinos de María Cristina no hay crímenes de lesa humanidad; para María Cristina no hay derechos humanos, ni siquiera compasión. Los elevados objetivos del PRT, las evidentes bondades de la patria socialista justifican eso y mucho más.

El asesinato de Viola y su hija son injustificables e imperdonables, pero las respuestas de sus camaradas de armas fueros igual de bárbaras y criminales. El 2 de diciembre, es decir al día siguiente del operativo del PRT, fue secuestrada por un grupo de tareas la militante social Berta Molina de Montenegro. Secuestrada, torturada y muerta. Sus restos fueron arrojados al parque 9 de Julio.

Una semana más tarde, su hijo de dieciocho años, Luis Montenegro, fue “levantado” en Tucumán, en las céntricas esquinas de avenida Mate de Luna y Alem. Nadie vio ni escuchó nada. Este muchacho no tenía militancia política. Su único pecado era ser hijo de dirigentes del PRT. Los verdugos no necesitaban más datos. El cadáver del joven fue encontrado a un costado de la avenida Solano Vera. Cosido a balazos y con señales evidentes de tortura.

Los camaradas de armas de Viola suponían que con estas salvajadas hacían justicia, aunque en realidad con su accionar no hicieron más que justificar el clima de muerte y terror que se llevó puesta, entre otras víctimas, a María Cristina. ¿Es necesario decir que un ejército nacional no opera con la lógica de un capo mafioso o con la impavidez de un sicario? Incluso hasta en la decisión de matar hay maneras de hacerlo. De ese abanico de maneras, los militares argentinos eligieron la peor, y mientras el ERP lo hacía en nombre de la revolución proletaria, ellos lo hacían en nombre de la nación argentina, es decir de todos nosotros.

Como broche de oro de tanta locura, el 1º de diciembre de 1975, un año después del crimen de Viola, un auto estalló frente a la casa de los padres del militar muerto. Después se supo que en su interior había siete detenidos. Seguramente los esbirros que cumplieron con esa tarea estaban convencidos de que hacían justicia a la muerte de Viola y su hija.

Como le gustaba decir a Borges, todas estas cosas ocurrieron en un tiempo que hoy nos cuesta reconocer. La vida entonces no valía nada y sospecho que los asesinos tampoco valían mucho más. Los asesinos de un lado y del otro. ¿Dos demonios? Me da lo mismo. Que cada uno ponga el rótulo que mejor le parezca, pero mientras tanto no estaría de más preguntarse qué calificación merece quien asesina a una nena en nombre de la revolución social o a quien secuestra, tortura y mata en nombre del Estado.

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