En cualquier caso, su legado mayor es la dignidad de su conducta, su entrega sin límites a la causa de construir una nación, empuje que llegó hasta donde sus enfermedades se lo permitieron. Y, fuera de toda duda, su proverbial apuesta por la educación, que anticipó en décadas la prédica y las efectivas acciones de Domingo Sarmiento en ese campo. Ya en 1798, en su Memoria del Consulado, del que era funcionario, escribía: "Sin que se ilustren los habitantes de un país, o lo que es lo mismo, sin enseñanza, nada podríamos adelantar". En 1810 ratificaba aquel juicio con una frase contundente: "La patria necesita de ciudadanos instruidos". Por eso fue un claro defensor de la enseñanza pública, gratuita y obligatoria, y a ese efecto donó deudas del Estado para con él y bienes personales, disposición que, para nuestra vergüenza, tardó más de dos siglos en hacerse efectiva.