Rogelio Alaniz
El 22 de agosto a las cuatro de la tarde la avenida 9 de julio estaba desbordada de gente que vivaban a Perón y Evita. El palco estaba a la altura del Ministerio de Obras Públicas, a pocos metros de avenida Belgrano. Dos enormes carteles con los rostros del “Primer trabajador” y “La jefa espiritual de la nación”, adornaban el escenario. La consigna oficial advertía sobre el objetivo de la convocatoria: “Perón-Eva Perón, la fórmula de la patria”.
El acto había sido convocado por la CGT liderada por José Espejo, de quien se decía -con muy buenos fundamentos- que su principal virtud era no tener ninguna. El paro general fue decretado para asegurar el traslado de la gente. Hubo camiones, ómnibus y trenes, pero sería injusto desconocer que en aquellos años la movilización de los seguidores de Perón no necesitaba del choripán para hacerse efectiva.
Las grandes concentraciones del peronismo se realizaban habitualmente el 1º de mayo y el 17 de octubre. Esta vez la fecha elegida fue el 22 de agosto. La movilización fue bautizada con el pomposo nombre de “Cabildo abierto”. Su objetivo nunca fue disimulado: proclamar la candidatura a vicepresidente de Eva Duarte. A la movilización adhirieron el Partido Peronista, la muy disciplinada Rama Femenina y la poderosa Fundación Evita con sus setenta mil empleados.
Los diarios oficialistas dirán después que hubo más de dos millones de personas. Es probable que hayan exagerado, pero no mucho. El día era apacible, el sol brillaba sereno en el cielo y Alejandro Apold no tendría empacho es asegurar que se trataba de un día peronista. En homenaje a la verdad histórica habría que decir que se trató de un día “evitista”, ya que en esa jornada el protagonismo de la señora desplazó a su marido.
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