Es una tarde de otoño y los últimos rayos de sol parecen detenerse. ¿Es para entibiar por un tiempo más las paredes sin revoque de las casitas? Por una esquina aparecen diez chicos riéndose, embarrados, algunos descalzos. Avanzan por la calle de tierra detrás del niño enrulado que lleva la pelota. Una bella y joven gitana con el cabello descubierto, señal de soltería, que da por finalizada por hoy su labor errante, al ver al niño de los rulos, se paraliza, una fuerza desconocida la atrae, la empuja hacia el pequeño líder. Cuando están cerca exclama con determinación:































