Hay un caldo de cultivo ideal para que crezca el pensamiento crítico, las humanidades. Entre ellas, la filosofía en tanto despierta la actitud crítica y suscita curiosidad, tal como la concebía Alejandro Korn según Pucciarelli, a lo cual agregaba, “provocar inquietud espiritual, estimular la meditación, siempre con vistas a ampliar el horizonte del saber y encontrar un fundamento para la acción”.
De acuerdo al lugar que ocupe en la Universidad esta predisposición intelectual, nos da una idea del perfil de egresados que brinda a la sociedad. Tal aptitud está ubicada en uno de los principios que ha conformado la idea de Universidad, su carácter de paideia o la formación y enriquecimiento tanto intelectual como moral de los estudiantes.
Resulta trascendental que se brinde esta formación a través de la pedagogía. Todas las carreras deben estar impregnadas de lo que Martha Nussbaum denominó “espíritu de las humanidades”, que nace con la búsqueda del pensamiento crítico, los desafíos a la imaginación y con la comprensión empática de la variedad de experiencias humanas (en “Sin fines de lucro”, año 2010).
Previamente a ingresar, en ese sentido, con las primeras universidades argentinas, vale la pena hacer un breve recorrido a lo largo de la historia a partir de la Edad Media. Enseguida se observa que en su origen histórico no hubo una relación íntima entre la filosofía y la Universidad, al contrario, ella nació con la ausencia de aquella.
En Europa, sobre la base de asociaciones particulares de maestros y discípulos fueron surgiendo las universidades. La primera aparece en Salerno, en el siglo IX, como escuela de Medicina. Luego, la segunda, también en Italia, en la ciudad de Bolonia como escuela de Leyes en el año 1088. Después, en el siglo XIII, la de París surgida de las escuelas catedrales, como San Víctor y Notre Dame.
El nombre "universitas" no se aplicó originariamente al objeto de estudio, sino a las personas, al conjunto de estudiantes y maestros ("universitas scholarium et magistrorum"), formando una corporación reconocida por el Estado con autonomía y jurisdicción propia, al igual que los gremios. Surgió como "studium generale", carácter general en referencia a todos los estudiantes de la cristiandad.
Entonces, la Universidad no nació como "universitas litterarum", es decir, como conjunto de las ciencias, pero al poco tiempo, mediante la división en Facultades, la enseñanza universitaria tenía en la Facultad de Artes el carácter de cultura general, no profesional. Con esta etapa propedéutica la Universidad brindaba una formación intelectual y moral al estudiante (“paideia”).
Esta Facultad significó la nota distintiva para que la Universidad comience a ir más allá de las escuelas profesionales y, a su vez, la primera morada de la actitud filosófica. Actuando como facultad preparatoria de las demás, su enseñanza se basaba en el ciclo de disciplinas instructivas de la época alejandrina (después del año 323 a. de C.), denominada "enkyklios paideia".
En un primer curso se estudiaban las materias del “trivium” (Gramática, Retórica y Dialéctica o Lógica) y, en el segundo, el “quadrivium” (Aritmética, Teoría de la Música, Geometría y Astronomía) y la Filosofía escolástica. Ambos eran, en la Edad Media, las "siete artes liberales", denominación dada por Marciano Capella, consideradas las disciplinas adecuadas a la dignidad del hombre libre.
La mención a la Facultad de Artes por haber acogido a la filosofía, necesita la aclaración respecto a que, en la época alejandrina, como señaló Dilthey, la enseñanza "enkiklios paideia" constituyó la decadencia de la formación espiritual de los griegos, y significó que la filosofía cesara su protagonismo en favor de las ciencias particulares (en “Historia de la Pedagogía”, cursos 1884-1894).
Con la "enkiklios paideia" la ciencia deja de ser el entusiasmo por el saber mismo, para convertirse en un estado de espíritu de su difusión, sin permitir esto su dominio por el individuo y la consiguiente acumulación mecánica de los conocimientos. Se opusieron los estoicos, epicúreos y escépticos, que consideraban a la filosofía solo formadora del carácter y que ese era el fin de la educación.
Pareciera producirse una situación paradójica, dado que, por un lado, la "enkiklios paideia" permitió que la filosofía ingrese a la Universidad y, por otro, en la época alejandrina, significó su desplazamiento. Pero si tenemos en cuenta la estrecha vinculación entre los sistemas de enseñanzas y el progreso de las ciencias, tal paradoja no existe, solo obedece a contextos históricos diferentes.
A más de doce siglos de aquel surgimiento, un largo camino se ha recorrido. La denominación "universitas" dejó de referirse a las personas para hacerlo respecto de su objeto de estudio. El Renacimiento sustituyó el concepto estático de la ciencia medieval por uno dinámico, provocando la decadencia de la Universidad y que, entre el siglo XVI al XVIII, la vida científica se desarrolle fuera de ella.
En el siglo XIX eso fue revertido en Alemania, que al decir de Fichte, la Universidad es una escuela para el desarrollo del arte de usar científicamente la inteligencia. En Francia, se hizo estrechamente profesional y al separarse por escuelas disolvió el concepto de Universidad. Y, en Inglaterra, el acento estuvo en la educación general de sus alumnos y el cultivo de ciertos ideales de conducta.
A su vez, la Universidad pasó tanto por el diletantismo como el especialismo. Fenómenos antitéticos, pero ambos, a decir de García Morente, igualmente inhumanos. El diletante es un aficionado de la cultura, que ubicado dentro de la Universidad es la expresión de su degeneración en ligereza y superficialidad. Vive de prestado, un zángano de la cultura (en “Escritos Pedagógicos”, 1913-1942).
El especialista es un hombre parcialmente cualificado, debido a estar voluntariamente encerrado en una pequeña porción, en que él es investigador e ignora todo el resto que está afuera. Su estrecho saber le da una impresión de dominio y seguridad, sostuvo García Morente, que lo llevará a querer predominar fuera de la especialidad, pero lo hará con un pensamiento propio de un ignorante.
En igual sentido, el filósofo José Ortega y Gasset advirtió sobre la existencia de esas características en el "hombre de ciencia", tomándolo por tales motivos como ejemplo de "hombre masa" en el sentido cualitativo y peyorativo del término, como asimismo el exponente más claro del rebrote de primitivismo y barbarie de nuestra civilización (en “La Rebelión de las masas”, año 1930).
Una especialización directa sin una base previa de cultura general, como expuso José Ingenieros, va en contra del desenvolvimiento de la personalidad (en “La Universidad del Porvenir”, año 1920). Los especialistas se convierten en amanuenses perfeccionados para Ingenieros, piezas de un mosaico que pueden ser utilizados por otros, sin tener consciencia de la obra a que contribuyen con su esfuerzo.
Estos son algunos rasgos vistos a través de la historia, a fin de tener una noción de la actitud filosófica y los estudios humanísticos, que atizan el saber especulativo para que se adquiera un espíritu analítico y reflexivo, nutrientes esenciales que la Universidad, como alma mater, brinda a todos sus integrantes.
Son expresiones culturales que una visión panorámica brinda, con matices otorgados por las distintas épocas, pero mayor es lo omitido en tanto el interés está en ingresar a nuestras tres primeras Universidades y apreciar la idea con que fueron concebidas, junto y bajo el saber de Joaquín V. González y Alejandro Korn, al igual que Dante que escogió a Virgilio para ser guiado al paraíso.