Al respecto, me da la impresión de que para muchos izquierdistas sobrevive de manera consciente o inconsciente, el mito o el prejuicio de que la historia posee un argumento que sólo ellos conocen, argumento que se despliega en una serie de revoluciones, cuyo máximo nivel de realización sería la revolución socialista. Parados desde ese lugar, contemplan el pasado y juzgan si el devenir de los acontecimientos se ajusta a ese argumento que define con claridad meridiana el pasaje de una sociedad a otra y el rol que les corresponde a los actores, quienes no sólo están previamente definidos, sino que también se les asigna el rol que deben cumplir para ser leales o no al mandato de la historia. Desde ese severo y exigente tribunal se juzgan las inevitables traiciones y deserciones. ¿Por qué inevitables? Por la sencilla razón de que la vida o el devenir de la vida, es siempre mucho más rico, más interesante y, si se quiere, contradictorio que los rígidos y severos esquemas que dominan el imaginario de los izquierdistas.