Durante el período hispano, la Orden de Loyola tenía autorizaciones pontificias y reales que le permitían la creación de colegios y universidades. En ese cometido los jesuitas, en el año 1607, instalaron un noviciado, el cual se convertiría en Colegio Máximo en 1610.
El obispo de la diócesis de Tucumán, fray Fernando de Trejo y Sanabria, donó dinero al colegio en el año 1613, para la formación de unas cátedras de Latín y Teología que se inauguraron en 1614. Se suele considerar que este acto importó la fundación de la Universidad de Córdoba. Pero para que sea posible que ostente el título de Universidad necesitaba de una disposición papal.
De ahí la importancia de un “Breve” del papa Gregorio XV del año 1621, que concedía y otorgaba a los arzobispos y obispos de las Indias Occidentales la facultad para conferir los grados del bachillerato, licenciatura, magisterio y doctorado. “Breve” cuyo pase fue autorizado por real disposición en 1622 y confirmado estos privilegios por Felipe IV en la Real Cédula en el año 1664.
La Universidad de Córdoba estuvo bajo la conducción de los jesuitas hasta que en la noche del 11 al 12 de julio de 1767, por orden de Bucarelli, fueron deportados los miembros de la Compañía de Jesús a Buenos Aires. Se resolvió, luego, encomendar el gobierno de la Universidad a la Orden Franciscana.
El 26 de agosto de 1767 los franciscanos asumen tal función, hasta que por Real Cédula de 1800 se ordena la separación de los mismos de la Universidad, erigiéndose la “Real Universidad de San Carlos y de Nuestra Señora del Montserrat” en reemplazo de la vieja fundación jesuítica. Pero recién se concreta en enero de 1808, al designarse como rector al doctor Gregorio Funes.
La Universidad cordobesa poseía un molde, caracteres y un gobierno marcado por un fuerte y antiguo sedimento consuetudinario, que no le permitía estar a la altura de las necesidades y exigencias de la cultura argentina. Esa idiosincrasia fue un caldo de cultivo para que surja un movimiento juvenil, con la pretensión de un cambio sustancial del estado en que se encontraba la educación superior.
El 21 de junio de 1918 apareció el “Manifiesto Liminar de la Federación Universitaria de Córdoba”, redactado por Deodoro Roca, denunciando al régimen universitario de anacrónico y exigiendo una reforma radical. Los reclamos se extendieron a las universidades de La Plata y Buenos Aires, y a las provinciales existentes: Tucumán y Santa Fe. Incluso, su voz fue escuchada en toda Latinoamérica.
Derribaron una estatua, escribiéndole "En Córdoba sobran ídolos"; arrojaron a la calle a personalidades; desconocieron la elección de un rector; declararon huelga general por tiempo indeterminado; proclamaron el "derecho sagrado a la insurrección"; usaron la violencia, exaltando el sacrificio, el amor en la enseñanza, la libertad y la redención espiritual, pretendiendo ungirla de romanticismo.
El Movimiento Reformista buscó que la Universidad no esté integrada institucionalmente sólo por profesores, sino que también con estudiantes y graduados; autonomía respecto del Estado; asistencia a clases libre; periodicidad y libertad en las cátedras, como también docencia libre; extensión universitaria; ingreso irrestricto con la sola condición de la idoneidad y la enseñanza gratuita.
Muchos fueron los protagonistas, Barros, Bordabehére, Garzón, Valdés, Sayago, Del Mazo, Ripa Alberdi, Loudet, Taborda, Capdevila, Orgaz, entre otros, pero el movimiento reformista, en su aspecto filosófico y pedagógico, se puede simbolizar en la figura de Alejandro Korn, que desde su madurez acompañó a los jóvenes en busca de la dirección intelectual que la Universidad había perdido.
Alejandro Korn nació el 3 de mayo de 1860, en San Vicente, Provincia de Buenos Aires. Estudió medicina en la Universidad de Buenos Aires, doctorándose en psiquiatría. Fue director del Hospital de alienados de Melchor Romero desde 1897 hasta 1916, dejando la práctica profesional y consagrándose por entero a la filosofía. Ya en el año 1906 había arrancado su iniciación en la enseñanza superior.
La Reforma planteó el problema de la cultura nacional y Korn manifestó su apoyo, viendo que detrás del reclamo circunstancial (malestar al suprimirse el internado de practicantes en el hospital, y por la concurrencia obligatoria a clases en Ingeniería), había una razón de fondo: la crisis cultural, provocada por la época intelectualista y utilitaria, carente de interés superior y autoridad moral.
El filósofo argentino alojó la esperanza de cambio en la juventud, en este movimiento que calificó de espiritual y que anunciaba el advenimiento de una intensa cultura ética y estética, genuinamente argentina.
En una época en donde predominaba el positivismo, albergando sólo un interés técnico y profesional, Alejandro Korn, con su dedicación a una desinteresada especulación, fue un iniciador de vocaciones en las almas de los jóvenes. Supo transmitirle el filosofar como estado de ánimo y tensión espiritual, a fin de dar claridad a los problemas que se presenten y para que luego sea fundamento del obrar.
La Reforma asimiló el mensaje de su maestro, propugnando que la enseñanza universitaria tuviera universalidad filosófica, evitando fragmentar el conocimiento con la estrechez de la instrucción exclusiva de la profesión. Advirtieron el peligro de un especialismo que signifique un fraccionamiento del ser o del saber, desequilibrando culturalmente al hombre.
Era esencial superar el profesionalismo que sofoca y achata al hombre, elevarlo con la investigación y salvarlo con la cultura general. Korn percibió el contraste entre el progreso técnico que alcanzó un nivel excepcional y el estancamiento o retroceso moral, traducido en la incapacidad para poner la técnica al servicio de la ética.
Alejandro Korn enseñó la filosofía de la libertad por la cual luchó la Reforma Universitaria de 1918. Murió en la ciudad de La Plata el 9 de octubre de 1936.