Primero, parecía que no iba a despertar del coma. Luego, parecía que nunca iba a desprenderse de una silla de ruedas ni que iba a poder hablar. María Soledad fue tenaz. Confiesa que siempre ha sido tozuda y que la han rebelado los "no se puede". A pocos meses de su accidente, volvió a la escuela; descubrió que allí había pocas "herramientas" para ayudar a las personas con discapacidad pero no se desalentó; terminó el secundario; hizo el viaje de egresados con su promoción; y se anotó en la universidad para lo cual tuvo que mudarse de ciudad: "Hacer las cosas más simples: como atarse los cordones, escribir legible, prenderse el corpiño, prender un fósforo, llevar una bandeja cargada, caminar descalza, prender un botón, son actividades que llevan más tiempo y más concentración en su realización. He aprendido nuevas formas de realizarlas; he buscado atajos; algunos me han salido y otros, con el tiempo. La mayor capacidad que posee nuestra mente es la de sobrellevar el dolor, y esto se da, una y mil veces, cuando parece quebrarse el cuerpo en mil partes, quebrarse como un vidrio roto; y el dolor nos carcome. Ahí, en ese preciso momento, volvemos a creer que es posible".