“Solo un corazón pobre y paciente, un corazón que se aflige ante el mal del otro, un corazón misericordioso, que tiene hambre por la justicia pero que al mismo tiempo trabaja por la paz, sólo un corazón capaz de soportar la persecución, el insulto o la calumnia por amor al bien común… sólo un corazón así, puede entrar auténticamente en diálogo con los demás y favorecer la cultura del encuentro. El diálogo, “es el oxígeno de la paz” (Francisco). Es lo que se encuentra entre “la indiferencia egoísta y la protesta violenta” (Fratelli tutti, 199). No es un “febril intercambio de opiniones” (Fratelli Tutti, 200) ni un conjunto de “meras negociaciones para que cada uno pueda rasguñar todo el poder y los mayores beneficios posibles” (Fratelli Tutti, 202). Por el contrario, el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar”, plantó el arzobispo.