- Estamos haciendo muchos balances en estos 40 años de democracia y la intención es buscar un enfoque complementario o alternativo para echar un poco de aire también sobre otras cosas. Desde la ciencia política hemos puesto mucho la mirada sobre las instituciones. Y en Argentina, pese a que eso es parte ahora de un cierto retroceso y tema de campaña, nuestras instituciones no son el principal problema (que los hay, como la economía). Porque las elecciones son competitivas, libres y justas, aunque haya sectores de la oposición que están poniendo en duda el sistema electoral sin pruebas ni evidencias. La reflexión sería sobre cómo hemos pensado la democracia. Me gustaría destacar, siguiendo lo que dijo Catalina Smulovitz, que los primeros años de la transición se hicieron a partir de la voluntad férrea de Raúl Alfonsín de democratizar, con la instalación de un imaginario en el que parecía que la refundación era instantánea, y de la evaluación del desempeño de la democracia en función de las expectativas y no del contexto y las posibilidades. Y eso está en el origen de la enorme insatisfacción que tenemos ahora. Yo me muevo al campo del pluralismo por defecto para pensar con otro enfoque a los actores que han interactuado a lo largo de estos 40 años. Tanto desde los partidos políticos como desde la sociedad civil, los sindicatos, las provincias. Y el argumento es que más que una convicción o adopción generalizada y férrea de principios democráticos, lo que hay son actores que tienen poder, pero no el suficiente para imponerse a los demás. Y eso es lo que genera un terreno de negociaciones que permite que sobreviva la democracia, pero a su vez, impide que se profundice la democratización y sobre todo genera consecuencias muy negativas para la gobernanza.