“Santi Zurbriggen hizo las inferiores con él, era un amigo de la vida, y lloraba. Emanuel Brítez creció cuando él ya estaba un poquito más grandecito y “ducho”, y lloraba. Nereo Fernández le llevaba diez años pero había sido un guía, un referente, una persona a la que él escuchaba, y lloraba. Aquéllos que no lo conocían desde tanto tiempo atrás pero que habían compartido el plantel con él, como Gamba o Malcorra, lloraban. El técnico pensaba a cada momento en Gerardo, su papá, y lloraba. Desde su puesto hoy de técnico de Talleres, Darío Kudelka escribía contando de aquella vez que se había perdido en un campamento de La Salle, y lloraba. Los dirigentes, que lo habían visto crecer y asistían a todo ese increíble, indescriptible e inolvidable espectáculo del fútbol y de la vida en la Bombonera, lloraban. Los hinchas de Unión y lo que no son de Unión también, lloraban. Esa bandera posada en el mítico césped de la bandera con la leyenda “Bari, nunca te olvidaremos”, era la bandera que desde arriba miraba Diego, antes del partido, para darle fuerzas a ese grupo de muchachones vestidos de jugadores que salieron a la cancha a jugar con el corazón en la mano ante 50.000 personas por el amigo, por el compañero, por el “hermano” que se fue al cielo y desde ese lugar los ayudó a generar lo que generaron”, escribí apenas terminado el partido, con la misma emoción que hoy me genera el “volver a vivir” de aquellas horas muy tristes y en la que el “¿por qué?”, fue la pregunta que todos nos hacíamos y a la que nadie le encontraba una explicación.