Por el desconocimiento del idioma alemán, durante los primeros tres meses el compositor santafesino permaneció casi incomunicado. En el intento de entablar diálogo con alguien, empezó a conversar con un grupo de monjas que se dedicaban a la cocina. Ellas no hablaban español pero sí portugués. En una de las tantas charlas, mientras observaban el jardín y el parque verde del paradisíaco lugar, una de las monjas le contó a Ramírez que poco tiempo antes aquel convento había sido un centro de detención de judíos durante el régimen nazi (1933-'45). Conmovidas, aquellas religiosas les llevaban comida a escondidas durante las noches -le contaron-, a riesgo de morir en la horca, que era lo que ocurría con quienes ayudaban a los judíos. Pese a la bondad de las monjas los detenidos más tarde fueron trasladados a los campos de exterminio. Ese relato altruista conmovió profundamente al músico santafesino. “Fue la primera vez que pensé que tenía que componer una obra religiosa, para recordar a aquellas monjitas”, diría más tarde Ramírez.