Lo que viene parecerá un cuento saeriano con personas entrañables y lugares reconocibles e íntimos, y la concatenación de los acontecimientos es la siguiente: en septiembre del año pasado, el emblemático bar Tokio Norte de la ciudad de Santa Fe permaneció cerrado durante casi un mes. Ocurrió que su dueña, Amelia Higa, había tenido problemas auditivos. Al mes siguiente, el café reabrió sus puertas. Amelia pedía a los clientes que hagan sus pedidos escribiendo en una pizarrita, o en un papel: es que se estaba quedando sorda.

































