Si hay un lugar donde la condición plenamente humana de las personas fluye y se reinvidica, ese lugar es la vereda. Allí, un vecino sale por la mañana a charlar en chancletas con el que vive en la casa contigua, cada uno con su mate, y se convidan un bizcocho. Allí, en una vereda, se besan por primera vez dos personas enamoradas. Allí alguien aprende a andar en bici, y nunca más se olvidará. Ahí, los pibes y las pibas juegan.


































