La propuesta es un viaje en el tiempo. El destino, París, últimas décadas del siglo XIX. La "ciudad luz" reforzaba su lugar entre las capitales culturales más importantes de Europa. Y, de paso, una especie de "laboratorio" de la modernidad urbana.
Las obras del pintor, nacido el 12 de enero de 1849, permiten reconstruir cómo se vivía el espacio público en la capital francesa a finales del siglo XIX. Una ciudad que cambiaba y aprendía a habitar la modernidad.

La propuesta es un viaje en el tiempo. El destino, París, últimas décadas del siglo XIX. La "ciudad luz" reforzaba su lugar entre las capitales culturales más importantes de Europa. Y, de paso, una especie de "laboratorio" de la modernidad urbana.
Tras un pasado turbulento y la reciente revolución de 1848, la gran metrópoli quería cambiar su fisonomía antes de entrar en el siglo XX. En ese contexto, varios pintores se dedicaron a "mirar" la ciudad desde la vereda y a registrar sus detalles.
Uno fue Jean Béraud, que de haber tenido a mano una cámara hubiera sido un gran documentalista. Generó una obra que, en retrospectiva, es uno de los registros más precisos de la Belle Époque, período atravesado por la fe en el progreso y la transformación del espacio público.
Lejos de las grandes escenas históricas o la exaltación heroica (a lo que sí se dedicaría en otra parte de su carrera, cuando optó por temáticas bíblicas) Béraud puso el foco en lo cotidiano.
Sus cuadros son, desde lo temático, muy sencillos. Reflejan el tránsito, los paseos, las esperas, los cruces, un día de viento, un café, un puesto de diarios. Momentos de la vida de una ciudad. No pasa nada especial, solamente la vida, con su cotidianidad.
La llamada Belle Époque, entre la posguerra franco-prusiana y la Primera Guerra Mundial, fue, sobre todo, una etapa de reorganización urbana y social. París cambió su cara con los grandes bulevares, las plazas abiertas y la iluminación pública.
Ese nuevo diseño modificó la arquitectura y alteró lo cotidiano. La calle dejó de ser un simple espacio de paso para convertirse en lugar de encuentro, exhibición y circulación. Allí es donde Béraud encuentra su territorio pictórico.
Contemporáneo de los impresionistas, Béraud eligió otro camino. Su pintura conserva la figuración, pero comparte con ellos el interés por la vida moderna. No pinta el paisaje ni la intimidad doméstica, sino la ciudad en funcionamiento.
En sus cuadros hay peatones, carruajes, vendedores, policías, tranvías, monumentos. Todo aparece integrado en una coreografía. La mirada es frontal, a la altura del peatón. Es como si el pintor caminara junto a sus personajes.
En algún punto, sus trabajos anticipan las películas del ruso Dziga Vertov, quien ya en el siglo XX ve las ciudades como organismos vivos y dinámicos, que son algo más que la mera suma de sus habitantes.
Las obras de este pintor son detalladas: las calles se abren en perspectiva, los empedrados reflejan la luz del sol y hasta el clima (el viento, el sol, la lluvia) condiciona los movimientos.
Hay algo interesante: la Belle Époque de Béraud que representa Béraud es ordenada, elegante y funcional. Es una modernidad que se presenta como equilibrada y hasta durable, aunque hoy sepamos que no iba a resistir la guerra.
Uno de los rasgos más singulares de estas pinturas es que ninguna de ellas tiene, por así decirlo, un clímax. Nada "sucede" en términos narrativos tradicionales. Y, sin embargo, la modernidad aparece como rutina compartida.
Las obras de Béraud, fuera de campo, ponen de manifiesto el ritual de vestirse para salir a pasear. La elegancia es parte del código urbano y el tiempo se percibe extendido, sin sobresaltos. Eso convierte a las escenas en auténticos documentos culturales.
Un siglo y medio después de haber sido concebida, la obra de Jean Béraud permite repensar la Belle Époque más allá de la condición mítica que le asignó la historia. En sus pinturas no está planteada como una etapa dorada, más bien como un momento de confianza en el orden urbano.
Pero también hay algún grado de contradicción, dado que sus cuadros anticipan, sin saberlo, el final de ese equilibrio. Por eso siguen interpelando: porque muestran una modernidad que todavía se estaba aprendiendo a vivir.




