«Vanidad de vanidades, todo es vanidad», proclama el Eclesiastés. Y sin embargo, en el corazón mismo de esa vanidad late la huella indeleble del dedo de Dios. Así comienza el texto curatorial de una exposición que no pide permiso para incomodarnos, para arrancarnos de la tibieza del espectador pasivo y arrojarnos al centro mismo de la pregunta más antigua: ¿qué es el hombre?
































