Fahrelnissa Zeid era (al menos así lo proclamaba) descendiente de cuatro civilizaciones. “Las manos son persas, el vestido bizantino, la cara es cretense y los ojos orientales”, escribió una vez, a modo de epígrafe para su autorretrato. Es incomprobable. Lo incontrastable es que tenía todo en su contra para dedicarse al arte en los albores del siglo XX y dar a conocer sus creaciones al mundo: era mujer y musulmana.


































