El domingo a la 1 de la tarde no volará una mosca en la ciudad de Santa Fe. La tensión se cortará con una cuchara. En las adyacencias del Brigadier López todo será una fiesta, las banderas y los cánticos gobernarán las calles. En los barrios tatengues, solo se escuchará el sonido de los televisores y las radios, más ese aliento a distancia. La ciudad de a poco se va preparando. Los hinchas, a esta altura ya tienen todo preparado. Uno enciende el fuego para el asador, el otro lleva la carne y los restantes ponen sobre la mesa el vino y las cervezas. Pasan los días y a los fanáticos les empieza a ganar ese "no se qué" en el estómago, algo que solo puede producir un clásico de fútbol de alto impacto.




































