En esta novela de 1818, Mary Shelley cuenta acerca de un joven naturalista suizo (Frankestein), quien sirviéndose de distintos órganos y partes anatómicas sustraídos a cadáveres construye una criatura a la que logra infundir vida. A pesar de su monstruosidad y horrible figura, la criatura se revela bondadosa, pero ante la hostilidad que despierta se transforma en una terrible fuerza destructiva. Se presenta así no solamente la creación de un sujeto artificial (y la invención de un género, la ciencia-ficción), sino los miedos y los fantasmas del género humano, la hipocresía y la soledad.