Las películas de James Cameron, que por otra parte no son muchas, son completamente entretenidas, de eso no caben dudas. Pero son, al mismo tiempo, universos cargados de simbolismos que vale la pena explorar. “Terminator” (1984) es una reflexión sobre la relación del hombre y la tecnología. “El abismo” (1989) propone consideraciones respecto al ser humano ante los misterios de la existencia: el fondo del mar es una representación de todo eso. “Mentiras verdaderas” (1994) esboza una serie de apuntes sobre la identidad y la crisis de la mediana edad bajo la forma de un thriller de espionaje. “Titanic” (1997) destruye la idea de un progreso sin límites cuando el transatlántico más grande del mundo es, finalmente, abatido por un iceberg. Y “Avatar”, aunque tiene en su superficie un mensaje ecologista y antibelicista, trabaja sobre la identidad e inclusive sobre los límites entre realidad y virtualidad, tan propio de estos tiempos.


































