El 21 de enero de 1974, la Argentina estaba sacudida por el enérgico repudio del entonces presidente Juan Domingo Perón al ataque guerrillero contra la guarnición militar de Azul.
Hace 52 años, en la playa de Guadalupe y bajo el calor del verano santafesino, El Litoral entrevistó a Eduardo Gudiño Kieffer. Literatura, política, juventud y libertad creativa en un país atravesado por la polarización ideológica.

El 21 de enero de 1974, la Argentina estaba sacudida por el enérgico repudio del entonces presidente Juan Domingo Perón al ataque guerrillero contra la guarnición militar de Azul.
En paralelo, en la playa de Guadalupe, ocurría una escena de signo completamente distinto, cargada de un espesor cultural que hoy adquiere valor de documento histórico.
Eduardo Gudiño Kieffer, el escritor nacido en Esperanza y radicado en Buenos Aires, conversaba con El Litoral sobre literatura, política y libertad creativa. Todo eso bajo un sol implacable, en pleno verano santafesino, frente a la laguna.
En un país atravesado por la polarización ideológica, aquella charla informal, rodeada de bañistas y chicos chapoteando, puede ser leída como un testimonio sobre el lugar del escritor y de la literatura en tiempos de intolerancia.
"Hablar de libros puede ser un sacrilegio para los adoradores del sol que abundan en la playa de Guadalupe", advierte el cronista, consciente de que ese diálogo iba a contramano del clima veraniego y del estado de ánimo de un país en ebullición.
Pero insiste "con sus impertinencias", y el escritor acepta responderles, a través del diario, a esos “amigos desconocidos que son los lectores” de "Para comerte mejor", "Fabulario", "Carta a Buenos Aires violento" y "Guía de pecadores".
La entrevista es fuerte: no elude el conflicto, lo pone en primer plano. Gudiño Kieffer era atacado desde dos trincheras ideológicas opuestas. La ultraderecha lo acusaba de frívolo, decadente y pornográfico; la extrema izquierda, de practicar una literatura autorreferencial, carente de compromiso político.
La respuesta del escritor es una de las definiciones más lúcidas y más políticas de la nota: "Eso de llevar al cadalso me hace pensar en cacerías de brujas. Te confieso que las brujas siempre me cayeron bien y que prefiero estar entre los acusados y los condenados antes que entre los Torquemada".
Y remata: "Que estos Torquemada sean de cualquier extremo da lo mismo: ya se sabe que los extremos se tocan". Para Gudiño Kieffer, el problema no es la crítica sino el dogma.
Los extremos, sostiene, comparten los mismos esquemas irreductibles, incapaces de tolerar la libertad creativa. "Dentro de ellos es imposible aceptar la libertad de escribir simplemente como uno quiere; o, tal vez, simplemente como uno puede escribir".
Tras mencionar el cruce diplomático entre la URSS y Chile por los detenidos políticos, concluye en que "los dos extremos tienen exactamente los mismos esquemas en lo que se refiere a la libertad de pensar. Y, por ende, a la de crear y a la de vivir".
La literatura, para él, no debía ser juzgada por su alineamiento sino por su capacidad de generar sentido. O incomodidad. "El único índice de mala salud de un libro es el silencio".
Mientras el sol obliga a girar los cuerpos sobre la arena y "dos bañistas se quedan cuchicheando cuando el fotógrafo enfoca al escritor", la entrevista se detiene en un dato significativo, que los jóvenes siguen leyendo a Gudiño Kieffer.
Lejos de subestimarlos, el autor reivindica su lucidez. "Los jóvenes de hoy han demostrado, y en especial políticamente, una extraordinaria madurez".
La ideología, sostiene, puede orientar, pero se vuelve peligrosa cuando es corsé. "Cuando se convierte en un cinturón de castidad, más vale olvidarla". "Los detractores son grupos elitistas. Y entre la juventud, el concepto de 'élite' ya no tiene ninguna validez, aunque venga disfrazado con la retórica de la intelligentsia".
Cuando se le pregunta si la literatura debe ser espejo de la realidad o instrumento de un fin trascendente, Gudiño Kieffer desmonta ambas posiciones. "La palabra árbol no es el árbol; la palabra verde no es el verde".
El lenguaje, dice, es siempre una abstracción, pero eso no implica divorciarse de lo real. "Puedo escribir acerca de algo real; pero lo escrito no será ese algo: ese algo se multiplicará en cada lector y en cada lectura".
"El que quiera ser didáctico, que se dedique al profesorado. El que quiera ser trascendente, que se dedique a la filosofía". La ficción, insiste, no debe rendir cuentas a ningún mandato exterior. "Se escribe por escribir".
La reflexión se vuelve autorreferencial cuando se habla del periodismo. Gudiño Kieffer rompe la falsa dicotomía y asegura que "el periodismo es parte de la literatura".
Amplía, además, el concepto de lo literario. "Todo lo que sea voz del hombre es parte de la literatura: los panfletos políticos, las canciones populares, los grafitis". La frontera, sin embargo, es clara. "La literatura no es parte del periodismo".
Al hablar de influencias, rechaza la idea de una literatura pura. "No existen casos de partenogénesis en la literatura". Para él, la verdadera escritura se hace con materiales cotidianos, con lo que duele y grita, lejos de musas y academias.
"No soy profeta ni mesías; soy un tipo que se deja vivir por la vida y que, por eso, escribe".
La charla se apaga mientras se anuncia la proyección internacional de Gudiño Kieffer: ediciones en Polonia, traducciones, viajes a Nueva York, publicaciones en Italia y Francia. Los amigos piensan en refugiarse del sol de Guadalupe, que -según el periodista de El Litoral- "está para quemarte mejor".
Medio siglo después, aquella entrevista conserva una vigencia inquietante. La literatura no le debe obediencia a ningún extremo, y la libertad de escribir, como entonces, sigue dirimiéndose a la intemperie.




