“Es Halloween, todos tienen derecho a un buen susto”. Hasta finales de octubre de 1978, las películas de terror poseían ciertas características que, más o menos, los espectadores conocían y tenían internalizadas. Pero todo cambió cuando un treintañero llamado John Howard Carpenter estrenó “Halloween”, una propuesta de clase B por donde se la mire (con todo el respeto que merece esta categoría, que fue el marco para obras gloriosas) rodada en veinte días con un presupuesto ínfimo y actores poco conocidos.



































