“Cuando Silvia Beltrán me envió su obra ‘La confesión de Molière’ quedé impactado por la originalidad, la calidad y la profundidad del texto y no dudé en decírselo. Tiempo después Silvia me propone y ofrece la dirección de la obra, tomando a su cargo la producción, y allí me enfrenté a un dilema: estaba muy impactado por el material pero no tentado a dirigirlo, ¿por qué?, porque no era el tipo de estructura dramática con la que me identificase, para bien o para mal mis materiales son muy alambicados, con permanentes vueltas de tuerca, sin embargo, no era cuestión de decir ‘no’ sin masticarlo mejor”, indicó.