“El rechazo definitivo a la estructura de Hollywood es ver el tiempo pasar”, afirmó una vez Richard Linklater. Y, en cierto modo, esa premisa sirve para considerar el rasgo autoral que poseen sus películas más personales. No es aplicable a todas, pero sí a las que hoy todavía perviven como su mejor legado. Es que el director parece más preocupado por demostrar cómo los dispositivos del cine sirven para reflejar esos momentos pequeños, capaces de sellar el curso de una vida y no solo las grandes historias. Como ejemplos: la despedida en el tren de Jesse (Ethan Hawke) y Céline (Julie Delpy), al final de “Antes del amanecer” o la partida de Mason (Ellar Coltrane) a la universidad en “Boyhood”. La carga emocional de ambas secuencias es inabordable, pero Linklater las plasma, acertadamente, de un modo austero.




































