Simon Collier cuenta que tiempo después, Francisco Taurel, un individuo próspero aficionado a las juergas nocturnas, estaba organizando una velada con algunos amigos y pidió a Razzano que cantara para ellos. Razzano explicó que tenía un amigo que quizá también tuviera interés en participar. Razzano se dirigió inmediatamente al Abasto. Ni Gardel, ni Razzano, tenían guitarra en ese tiempo, habían empeñado los instrumentos después de la funesta gira por el interior. Sin embargo, sería una noche memorable. Se presentaron en la elegante Confitería Perú de la Avenida de Mayo, para descubrir que no sólo debían actuar para Taurel, sino para un senador de la República, Pedro Carrera, el jefe de policía de la provincia de Buenos Aires, Cristino Benavides, y un respetable caballero chileno, Osmán Pérez Freire. El dúo instantáneamente reconstituido se esmeró en su actuación ante esta distinguida concurrencia. Después de unas copas y mucho después de la medianoche, Taurel decidió completar la velada con una visita al cabaret Armenonville. Se trataba de un elegante local nocturno porteño en la Avenida Alvear. Los propietarios del Armenonville, ante ese tumulto, pidieron hablar con Razzano. Ofrecieron al dúo un contrato para actuar en el cabaret por una tarifa de 70 pesos. Allí los músicos tocaron su repertorio dando comienzo a la historia y consagración de nuestro ídolo popular Carlos Gardel.