Al fines del Siglo XIX, en Chicago, que era la segunda ciudad con más habitantes de Estados Unidos y con gran parte de su población compuesta por obreros, se produjeron movimientos bajo el lema “ocho horas de trabajo, ocho horas de ocio y ocho horas de descanso”, con el fin de acortar las extenuantes jornadas laborales, que podían ser de hasta 18 horas.
































