Amanecía en ese lunes de agosto de 2013 en una Roma que se desperezaba aún “remolona” pero ya caliente. Era el preaviso de un día otra vez infernal, típico del verano profundo de estas ciudades de la Europa cálida. En marzo de ese mismo año, Argentina se sacudía con aquella noticia impactante y jubilosa: “Jorge Bergoglio era elegido Papa de la humanidad”.

































