En Rosario, cada año miles de personas mayores se anotan en un aula universitaria. Llevan cuadernos, escuchan, preguntan, discuten, se ríen. Lo hacen con el mismo entusiasmo que quien empieza una carrera, aunque en este caso el objetivo no sea un título ni un examen final. Buscan algo que se parece más al sentido de pertenencia: aprender como forma de estar vivos.


































