La mayoría de países que vivieron durante el siglo XX periodos totalitaristas han preferido que sus dictadores permanecieran enterrados en lugares discretos para evitar que los nostálgicos convirtieran sus tumbas en un lugar de peregrinación. No ha sido el caso de España, donde Francisco Franco siguió ocupando un lugar de honor en el Valle de los Caídos una vez concluida la transición y durante las más de cuatro décadas de democracia.


































