La casa real británica ha decidido que no basta con “discutir en familia y en privado” las acusaciones de racismo vertidas por Meghan Markle y el príncipe Enrique en su entrevista con la presentadora estadounidense, Oprah Winfrey. Fue el asunto más sensible y potencialmente dañino de aquella conversación, y el único que puso de acuerdo a medios conservadores y progresistas británicos sobre la urgencia de dar una respuesta. Isabel II ha dado ya los primeros pasos y ha encargado una revisión, pausada pero firme, sobre las políticas de diversidad racial, étnicas o de orientación sexual que se aplican en la contratación del personal del palacio de Buckingham (residencia de la reina), Clarence House (residencia y centro administrativo de Carlos de Inglaterra) y el palacio de Kensington (el entramado que sostiene la labor del príncipe Guillermo y Kate Middleton, los duques de Cambridge).
































