Sí, mi padre era un militar, pero además era ingeniero. Se había especializado en el tema pólvoras y explosivos. Su destino era en una fábrica militar. Era subdirector de la fábrica y una noche de sábado, un grupo fuertemente armado, denominado ERP, ataca la fábrica militar de pólvoras y explosivos y ataca el regimiento 17 de infantería, el aerotransportado. La noche en que es sustraído mi padre yo me encontraba a escasos 50 metros de donde se desarrollaba todo eso. Tenía 15 años. Esa noche hubo heridos, hubo secuestrados y hubo muertos. Hubo un combate feroz. El Ejército Revolucionario del Pueblo estaba todo vestido de uniforme de combate, como militares. Fue realmente algo que no pensábamos que podía existir y cuando te toca en carne propia te das cuenta que nadie estaba exento de esa violencia. A partir de ese momento mi padre desaparece de la faz de la tierra, no se le encuentra por ningún lado, se lo busca y durante más de un año en condiciones infrahumanas de cautiverio soporta las peores las peores torturas físicas y psicológicas. Cuando aparece su cuerpo tiene 48 kilos menos de peso, pero se sostiene gracias a su fe, a rezar y entonar el Himno Nacional Argentino. Fue un soldado cabal, digno, que no vendió sus conocimientos; porque en determinado momento el ERP le ofrece recuperar su libertad a cambio de trabajar para el terrorismo. Él dice que no, que prefería la muerte. Así que orgulloso de mi padre, orgulloso de la Argentina y orgulloso de que hoy las víctimas del terrorismo podamos ser escuchados.